El Diario Ilustrado: poesía, ideología, seducción

Durante los veinte primeros años de publicación de “El Diario Ilustrado”, entre 1902 y 1922, la crítica de poesía ocupa un lugar marginal, irregular; a-periódico, en directa alternancia con emblemas publicitarios, crónicas o folletines, variantes de la posibilidad de espacio. “El Diario Ilustrado” vive en la paradoja impuesta por la emergencia del periodismo moderno en Chile en los inicios del siglo XX. Se debate entre mantenerse como reflejo de los gustos de la élite y abrir sus mercados, vía deslumbre técnico, a las masas potenciales de lectores. En este marco, el ejercicio de la crítica de poesía adquiere ribetes que comprenden sus esquemas internos y las lógicas de funcionamiento en relación ampliada al marco cultural.

 

Sobre la regularidad y sus firmas

En el período analizado, la crítica tanto de prosa como de poesía no tiene un lugar específico, un día particular, ningún tipo de referencia espacio-temporal que actúe como presencia para los lectores del periódico, una zona que les remita a la literatura y juicios de la época. En lo referente específicamente a la poesía, este factor se suma al variable número de críticos que circulan por sus páginas. En este aspecto, se pueden reconocer tres momentos.

Un primer momento, que podemos delimitar entre 1902 y 1913, con varios sujetos críticos, sin regularidad, entre los que están Díaz Arrieta (Alone), Armando Donoso, Miguel Luis Rocuant, W., Samuel Fernández Montalva, L.S.O., Calixto Martínez, M.G.Z., Tomás García Martínez. Entre estos nombres y sus eventuales modos de abordar la crítica no parece existir más lazo que el preponderante criterio impresionista.

Un segundo momento encuentra en la figura de Nathanael Yañez Silva el rol de principal crítico del diario, entre 1914 y 1918. Si bien Yañez Silva ya había escrito críticas, es durante estos años en que se torna central su nombre.

De un total de 28 escritos sobre poesía, es autor del 40% (11 reseñas) y por esta razón es posible determinar algunos elementos constitutivos del modelo crítico que trabaja.

El tercer momento lo constituye el reemplazo de Yañez Silva por Eliodoro Astorquiza, quien es responsable de la sección titulada “Crónica de las letras”, aparecida entre 1918 y 1919. Si bien es de corta vida, la sección de Astorquiza representa el primer acercamiento regular a la crítica literaria en el “El Diario Ilustrado”. Cabe mencionar que cuando Astorquiza toma la sección literaria, Yañez Silva inaugura una sección regular de crítica de artes, con criterio semanal, lo que se vincula a uno de los rasgos más destacados de “El Diario Ilustrado” en sus primeros años, como fue la introducción de la fotografía y la visualidad como fenómenos de atracción.

Al finalizar 1919, la sección de Astorquiza desaparece y hasta 1922, los escritos sobre literatura serán escasos y específicamente de poesía son dos breves textos firmados por Yañez Silva y Manuel Vega.

 

Sobre los sistemas interpretativos

El dominio absoluto del impresionismo es una de las marcas más distintivas de la escritura de “El Diario Ilustrado”. La belleza, lo verdadero, lo eterno, espiritual y otros similares son los conceptos regímenes, y que a la par de la ideología del periódico, se instalan sobre posiciones y criterios divergentes. Crisis y auge de la poesía, vulgaridad imperante y belleza pura como último lugar de defensa posible, cosmopolitismo y celebraciones del centenario y, por ende, ensalzamiento de la patria., el poeta, el hombre como ser que sufre y la absoluta negativa a la poesía femenina; criterios duales que se instalan como modo de legitimación del espíritu conservador que anima la política del periódico.

Durante el primer tramo considerado, resulta difícil establecer continuidades entre los textos de cada crítico, pues la mayoría sólo registra un texto. Sin embargo, al abordar los períodos de Yañez Silva y Eliodoro Astorquiza, es posible reconocer elementos constitutivos de sus escrituras y modos de interpretación

 

El caso de Yañez Silva resulta llamativo. Además de escribir la crítica literaria esporádicamente, fue el responsable –como dijimos- de la crítica de artes visuales. Tal vez aquí radiquen sus severas inclinaciones hacia la metáfora visual y el tono afectado con que puebla sus textos. En la reseña del libro de Daniel de la Vega, “La música que pasa” en Enero de 1916, Yañez Silva responde a la pregunta no formulada por sus elecciones poéticas:

 “Si me preguntasen cuál era la poesía que más me agradaba, no tardaría en responder que la poesía evocativa, es decir, esa poesía que nos trae reminiscencias de paisajes, estados de alma ante esos mismos paisajes”.

Y sobre “Cielo de provincia”, también de Daniel de la Vega, escribe en julio del mismo año, que se trata de un libro “que gustará a todos aquellos que aman lo sentimental. Su valor más que nada reside en la emoción con que está escrito”.

Esta emoción a la que hace alusión –indeterminable como origen- se suma  a un gesto permanente en el juicio de Yañez, que es decir o aclarar, más bien, que el autor que está reseñando es, efectivamente, un poeta. El gesto de legitimación de arrogarse un estatuto de verdad logra instalarlo, en esa medida, como crítico; paradojalmente, un crítico carente de modelo interpretativo pero legitimante: su palabra escrita determina la condición del autor.

A propósito de un libro de Max Jara, titulado “¿Poesía…?” exclama: “qué triunfo tan grande alcanzado por un pensamiento de muerte”; a Julio Munizaga Ossandón, autor de “Las rutas ilusorias”, lo cataloga como una “escultor exquisito”, y dice de su poesía que “tiene el perfume de todo lo que se ha ido”.

Más allá de las taras, por lo demás, propias de la época, el mérito de Yáñez Silva pasa, además de la mencionada estrategia de arrogarse un sentido de verdad, por la apertura que representó en el “El Diario Ilustrado” durante sus escrituras. A diferencia, por ejemplo, de J.E., quién a propósito del libro de Winétt de Rokha, “Lo que me dijo el silencio”, escribió:

“Hace tiempo, la lectura de un libro alemán, en que se pretendía probar la inhabilidad de la mujer para el arte, no hizo más que reforzar mis convicciones. Siempre miré con desconfianza la literatura femenil, y ello especialmente, porque cuando uno cree encontrarse con el sentir de la mujer no halla otra cosa que un calco de la literatura hombruna”,

o de Rafael Maluenda, quien sobre el mismo libro de la autora, intuye que “el ideal literario de la mujer consiste en masculinizarse”; en Yáñez Silva -un año después de los textos mencionados, y a propósito de la publicación de “Horas íntimas” de Teresa Zunino Chacón- compara la obra con un “cofre fino de impresiones”, producto de “una dulce aspiración artística”, “sensible a las emociones estéticas”. En el marco de los criterios que fundamentan la crítica de Yáñez Silva, estas líneas representan una apertura de género que debe rescatarse en medio del imperativo conservador de “El Diario Ilustrado”.

 

Elidoro Astorquiza, sin escapar por completo al impresionismo como criterio fundamental, instala cierta negatividad como elemento de partida del juicio; deja de lado la autoridad legitimante de Yañez Silva para situar oposición respecto a las obras. Así, en su reseña del 29 de Junio de 1919, al libro “Anunciación” de Renato Monestier, escribe contra el prologuista del libro, Francisco Burgos Guerra, lo siguiente: “donde él divisa un donoso tinte clásico (…) yo por mi parte, no puedo divisar otra cosa que el más vulgar y ordinario prosismo”.

Respecto a “El alma de los sonetos” de Benjamin Velasco Reyes, escribe:

“al tomar la pluma tiene algo que decir. (Pero) no es menos verdad que, en muchas ocasiones lo único que vemos en sus sonetos es una sucesión de rimas en que no sería posible descubrir una idea que valga la pena de llamarse tal”.

En estos ejemplos se exhibe la diferencia respecto a su antecesor, quien escribe positivamente de los autores, mientras Astorquiza da indicios de leer, no digamos críticamente, pero sí a partir de un principio de negatividad, una suerte de juicio comparativo con un ideal desconocido nunca referenciado, a los poetas reseñados. Además, introduce criterios hasta entonces inexistentes en “El Diario Ilustrado”.

Sobre Luis Felipe Contardo y el libro “Cantos del camino”, señala:

“Las poesías del señor Contardo reúnen dos condiciones que, raras veces hoy en día, se hallan juntas en un mismo poeta; la más impecable, la más castiza corrección de la forma (y habla de forma, cosa nunca antes señalada), no perjudica en nada, en ellos, a la sinceridad, a la emoción, al sentimiento. El señor Contardo es clásico y moderno; es sabio y es simple, es esmerado y sentido”.

Estos indicios, posiblemente, no encajaban en el sentido de apertura comercial que buscaba establecer el periódico y su corta presencia. Desde agosto de 1918 hasta octubre de 1919 podría ser leída en este sentido.

 

Sobre el sentido crítico

En este aspecto, o sea, en el intento por reconocer qué voluntades articulan la critica de poesía de “El Diario Ilustrado”, se torna necesaria la proyección de los elementos que la determinan, enunciados en los párrafos anteriores y confrontados con un análisis general del diario y sus cualidades.

Señalé la introducción de la fotografía como novedad en “El Diario Ilustrado”; y si bien no son los primeros en hacerlo (ya lo habían hecho algunas revistas en los últimos años del siglo XIX, como la “Revista Ilustrada” o la “Lira Popular”) en el caso de “El Diario Ilustrado” aparece como un elemento articulador del relato ideológico en el que se inscribe el periódico. Aquella intención de representar los gustos de una élite al tiempo en que se busca capturar masas de lectores a través de la seducción de los nuevos dispositivos, es una estrategia que incide directamente en los abordajes críticos respecto a la poesía. Así como la fotografía, la introducción de reseñas de espectáculos de zarzuelas y folletines en el discurso ideológico de “El Diario Ilustrado”, lo instala en la brecha que se abre entre los intereses de clases opuestas. La potencia que podrían aún tener los criterios ilustrados como soportes de un conocimiento acabado en el campo de la poesía (y por ende, su ligazón a proyectos políticos, a la figura del Estado, etc.) chocan con los criterios de información y entretención que décadas después acabarán por ocupar el amplio espectro de la prensa moderna.

Al respecto, tanto la escritura de Yañez Silva como la de Astorquiza parecen encarnar movimientos antinómicos pero funcionalmente conectados a la razón de “El Diario Ilustrado”. Preservación de los gustos elitistas y aperturas de mercado constituyen las variables que determinan el perfil del periódico durante sus primeros veinte años. Aquella brecha en que se instalan los discursos adolecerá (aunque ya lo manifiesta) la diferencia evidente, años más tarde, con otros periódicos.

 

Si pudiésemos traer al presente alguna de estas consideraciones, una deficiente voluntad en la implantación de un canon sería tal vez la que provea mayores lecturas. El intento de abarcar sectores divergentes de la sociedad implica, para el específico campo de la crítica poética, la indefinición como modelo normativo, la imposibilidad de constituirse como eje de lecturas o modos de comprensión, como representación de los gustos y sus vaivenes propios del auge de la prensa moderna, aun contando con una clima socio-histórico propicio, de clara hegemonía conservadora. Estas mismas fallas, presentes en “El Diario Ilustrado”, coincidirán en décadas posteriores con voluntades ideológicas, en otros medios, con climas igualmente propicios, como “El Mercurio” y “La Tercera”, pero con una diferencia tal vez determinante, pues sus políticas interpretativas, resultarán, en este campo y para nuestra reciente historia, macabramente exitosas.