Semblanza de Hugo Goldsack Blanco

El presente texto fue publicado originalmente en la revista “Rayentru”, N° 29, Año 15, Verano 2009. Agradecemos al poeta y gran conocedor de la poesía chilena, Rodrigo Verdugo su generosa contribución.

Hugo Goldsack Blanco (1915- 1988), es quizás uno de los miembros más olvidados de la generación del 38, pero, a su vez, es una de las figuras más carismáticas, literarias y activas de dicha generación. Poeta y periodista, defensor incansable y entusiasta de los derechos de los escritores chilenos, fue uno de los impulsores de la ley de los premios nacionales, bajo el gobierno de Gabriel González Videla. Su obra se bifurca en dos géneros: poesía y crónica y ambos son testimonio total de una vida dedicada por completo al periodismo y la literatura.

Casado con la poeta Irma Astorga (autora de “Nido de Piedras”, “Ceniza Quebrada”, entre otros libros), Goldsack vivió intensamente un periodo memorable de la bohemia santiaguina de las décadas del 40 y del 50, habitué permanente de las Cafés “Iris” y el “Bosco”, junto a los poetas Andrés Sabella, Víctor Castro, Carlos de Rokha, Emilio Oviedo, entre otros. Goldsack desbordaba ingenio y elocuencia.

Fue justamente en estas nocturnas atmósferas donde fragua lo que vendría a ser al poco tiempo su primer libro: “En torno a cierto Fuego”, bajo las Ediciones Diógenes en 1949, que él mismo fundara e impulsara como una forma de dar a conocer el pensamiento poético de muchos congéneres, (y que no solo abarcaría obras poéticas, sino otros géneros como el ensayo, el teatro, etc., y un pequeño folletín) y que incluye un prólogo y viñetas del poeta Andrés Sabella.

Este inicial conjunto de poemas le valió elogiosos comentarios críticos de Humberto Díaz Casanueva, Hernán del Solar, Ricardo Latcham, y Ángel Cruchaga Santa María. En esta primera obra, Goldsack, plantea una posible resolución de conflictos, específicamente teológicos, demarcando una ansiosa unidad entre los misterios del erotismo, la demonología y la divinidad, exaltándolos en su comunión fragmentada.

También en este conjunto de poemas se hace presente (como lo exigía su época y toda época) la denuncia social, la estupefacción frente a la miseria y la injusticia, pero referidas a esa resolución mayor, también se hace notar un fuerte grado de especulación filosófica que dejaría a la vista la temprana afición de Goldsack por la Filosofía Clásica, y que en sus obras posteriores se hará cada vez más presente, dejando abierta y sangrante no solo la pregunta sino la pugna entre la inmanencia y la trascendencia. Dicha unión entre filosofía y poesía, ha sido en muchos casos útil en el desarrollo de la literatura, por cuanto ambas confluyen en muchos aspectos y el caso de Goldsack es concluyente en este sentido.

Esta obra alcanzó una segunda edición en 1953, bajo las ediciones “François Villon”, con ilustraciones del pintor catalán Manuel Segala.

En 1952, en colaboración con el poeta Julio Arriagada, publica el ensayo “Pedro Prado, un clásico de América” en la Separata de la Revista Atenea de la Universidad de Concepción. Y posteriormente en 1955 publica “Las elegias del I-Thor”, Ed. François Villon, obra que también mereció elogiosos comentarios críticos de: Hernán Del Solar, Ricardo Latcham, Julio Barrenechea, Pedro Lastra, entre otros. Esta obra -podríamos decir- es el punto máximo de su creación poética, por cuanto no solo plantea sino que resuelve el conflicto con su propio ser, con su propio cuerpo, o como él mismo definiera: “Ese amasijo de reflejos”. El hablante invoca su condición suprahistórica, es aquel otro (el otro referido por Arthur Rimbaud), ese otro que se transfigura y vislumbra otros estados del ser, otro poder que no es la resurrección cristiana, sino que es una alteridad fulgurante y desesperada, una indagación inmaterial en los enigmas del amor y del dolor. Como su mismo autor lo señala en el prologo: “I-Thor” es su nuevo nombre, una suerte de segundo bautizo, no el católico sino un bautizo inmortal, no es el cuerpo como suma de vidas y muertes y reflejos y funciones, sino que es un “Dios” , un dios primitivo que estaría en conflicto con la idea habitual de “Dios”.

Es preciso hacer notar dos influencias capitales en esta escritura, y siguiendo lo señalado por Andrés Sabella y Víctor Castro, la obra de Goldsack estaría bajo ciertas determinaciones poéticas de Pablo Neruda y Charles Baudelaire. La influencia del primero es mas rastreable en cuanto a cierta intención apocalíptica, y la del segundo en cuanto a la asunción de un credo poético. Además se puede ya afirmar que Goldsack estaría reactualizando dos mitos bíblicos: El mito adánico y el mito luciferino, por cuanto ambos (Adán y Lucifer), quisieron en un momento ser como dioses, y no lo lograron, precisamente de esa nostalgia consubstancial derivan los materiales sangrantes y helados con que se arma todo este discurso.

En 1956 Goldsack  publica: “Encuentro con Bolivia, color y sorpresa de un país lejano” (Ed.  Taller Gráfica Periodística). Prologada por Joaquín Edwards Bello, esta obra (estructurada primero como conferencia y luego como libro) es el testimonio de un viaje que el autor realizara a Bolivia como parte de la comitiva chilena del Presidente Carlos Ibáñez Del campo; sobre esto debemos mencionar que Goldsack trabajó durante este periodo como encargado del departamento de Prensa de la Presidencia de la República, y en la sección prensa del cuerpo de Carabineros de Chile. Este libro es, entonces, un signo de confraternidad entre ambos países, y en la hora actual nos exigiría más que una simple lectura.

A pesar de ser autodidacta e iniciarse en la vida laboral antes que periodista como pintor, minero, publicista y vendedor, trabajó casi toda vida en el área del periodismo, iniciándose en el Departamento de Extensión del Ministerio del Trabajo, y luego como Profesor en la cátedra de Literatura Chilena en las Escuelas de Temporada de la Universidad de Chile. Posteriormente, trabajó como encargado de prensa de diversos servicios públicos, y en la Agencia “France Presse”, además de ser redactor de diversos diarios chilenos, españoles y panameños, escribiendo muchas veces sus crónicas bajo el pseudónimo de “Dimas Corabia”.

Resultado de este quehacer, al poco tiempo publicaría su libro “De España, un pelo” (Ed. Nascimento, 1968); obra nuevamente prologada por Joaquín Edward Bello. Este conjunto de crónicas le valdrían un sitio al lado de notables cronistas como el mismo Edwards Bello, Daniel de la Vega, Jenaro Prieto, etc., contando además con la obtención del Premio Hispanoamericano de Periodismo “Carlos Septien” en 1959.

Pero su labor como difusor cultural es aun más vasta. Fue director de la revista “Zig Zag” y fundador de la revista “Siete Días”; en Panamá fundó la revista “Siempre”.

En 1976 publicó lo que sería su última obra poética: “El Rostro De Dios”, en el Suplemento Literario de la Revista Extra, extenso poema donde resolvería un segundo conflicto: La sacralidad. Aquí “Dios” es una construcción del hombre, una construcción más en el extenso inventario, el hablante es uno de esos trabajadores (de esos horribles trabajadores, al decir, nuevamente, de Arthur Rimbaud), su misión es construir un “Dios”, que esté a la altura del hombre o, como el mismo Goldsack dijera: un Dios construido a partir de ese mismo “Sentido sanguíneo”, que el hombre tiene de él.

En 1972 obtiene el Premio Nacional de Periodismo, mención crónica, lo que vendría a corroborar su innegable calidad en este ámbito.

En 1988 fallece Hugo Goldsack Blanco producto de un infarto. Mas “I- Thor” continúa abriendo y cerrando círculos con sangre y hielo. En 1990 se publica el libro “Los Archivos del Diablo” (Ed. Diógenes, Valparaíso), con prólogo de Luis Sánchez Latorre, que reúne el conjunto de crónicas que se hallaban dispersas en diarios y revistas nacionales y extranjeras. En 1995 se publica su “Antología Poética” (Ed Diógenes, Valparaíso), obra que será útil para revalorizar su legado poético.