Esta bella ciudad envenenada. Poema por Pedro Prado

Aquella parte del público culto chileno que más de cerca atisba los fenómenos poéticos, sabe bien que Pedro Prado, desde hace algunos años, ha sabido recoger con delicadeza, una obra de plenitud en la forma de sonetos, que abarca tres libros; los dos titulados: “Camino de las horas” (1934), “Otoño en las dunas”, y el que hoy aparece: “Esta bella ciudad envenenada” (1945).

En todo este alarde, que indica un retorno a lo clásico, hoy abandonado, con escasas excepciones, el poeta vigoriza su estilo y amolda a una estructura que huye de todo énfasis retórico.

La preocupación de la estrofa ha sido una rectificación de tono. El verso libre y los desvarío sintácticos y de lenguaje de la juventud, se encuentran ahora muy distantes. El soneto tiende a la condensación estrófica, a la intensidad, a la fuerza expresiva que proporciona una poesía socavada por graves inquietudes y por la interrogación permanente.

En “Esta bella ciudad envenenada” se vierten diversos motivos que dan siempre la nota de la pureza original, de la tersura y del moroso designio artístico. Podrán muchos estar de acuerdo o no con la obra poética de Prado, que huye del clima actual de la lírica, pero nadie podrá negar que es uno de los pocos escritores nacionales que poseen la dignidad del oficio y esa pulcritud que sabe eliminar las gangas del oro de ley, al revés de muchos modelos contemporáneos que se regodean en su propia mediocridad y en la ignorancia del idioma.

Penetramos en esta poesía de perspectivas y de objetos ideales y vemos la manifestación sincera de un temperamento que se ha fraguado en la contemplación de lo grande: el Universo, el Amor, la Creación, el Destino.

Un tono melancólico y difuso abre la procesión de las formas y de los colores:

“Tanto conozco esta ciudad pequeña,

su mar, su caserío, su laguna,

que el corazón la mira y la desdeña;

no encuentra en ella novedad alguna”.

Luego las sensaciones hieren con más intensidad y presentimos la motivación permanente que se exhibe en los cincuenta sonetos, a través de estados de ánimo, de recreaciones íntimas, de cautelosos tanteos en la sombra:

“Temo al recuerdo y al olvido temo;

aquel me hiere y este me anonada;

prefiero la tortura y no la nada,

la luz de viva hoguera en que me quemo”.

Prado rehúye el realismo en este libro, y rara vez entra en lo objetivo, que pueda arrancarlo de su visión limpidísima y clara.

En todo momento persigue la imagen primordial, la prístina e inexpresable virginidad que escapa de las metáforas triviales o manidas. El verbo ha dado al poeta un secreto que encierra en un lenguaje limitado, de esencias, de poco esplendor externo, de rico dinamismo interno, de limitada pompa de escaso decorado. En los instantes de debilidad o de repetición, que son frecuentes en el soneto. Prado no se encharca en la vulgaridad ni en esa cosa machacona a que nos tienen acostumbrados los que abusan de la sensiblería. Veamos algunas muestras de su intenso sentir:

“Los largos años de mi vida oscura

buscaron siempre a la mujer divina;

mi vida ya a su término camina,

y aún el deseo, sin hallar, perdura.

…………………………………..

Hasta el perfume de una flor me hiere,

¡tanto mi corazón es sensitivo!

Tanto el ensueño mi razón prefiere

que hasta una nube me llevó cautivo.

…………………………………

Bendigo mi deseo insatisfecho,

y la oculta tragedia que destila

la lágrima que enturbia mi pupila,

y el peso extraño que me oprime el pecho.

………………………………….

No logré yo el amor; tú lo perdiste;

mas poseo un dolor tan cristalino

que en transparencia el gran amor subsiste.


Con mi frente diría que adivino

mayor belleza al encontrarme triste:

¡florezco en soledad como el espino!

………………………………………

Cuando todo a su término camina

solo lo que no fue, por ser se obstina;

existe sin vivir, y no se muere”.

Cuando la poesía se encuentra en crisis o en un momento de transición, es frecuente percibir el desconocimiento de los valores efectivos de una generación anterior o de la capacidad de renovarse de los que fueran caudillos intelectuales en otros años. En el caso de Prado habrá que someter toda su obra a una honesta y severa revisión, que no excluya la posibilidad de situarlo en un plano diverso al que le asignan los que han administrado los grandes lugares comunes que obstruyen nuestra historia literaria. Habrá entonces, entre otras cosas, que realzar su actitud cautelosa ante todo verbalismo y la muy limitada acción que en su poética tuvo el modernismo, que quizá llegó atrasado a nuestra lírica, cuyos grandes valores (Prado, Mondaca, Jara) aparecen tardíos con respecto al éxito decorativo y a la utilería imaginista y exótica de los líderes de esa escuela en América, como ser Lugones, Valencia, Días Mirón, Darío y los más ínfimos.

El modernismo pasó como una ráfaga retrasada, que no produjo en nuestro clima artístico sino flores subalternas y un fuego tardío y retórico, que percibimos en Gabriela Mistral, en Munizaga Ossandón, en los dioses menores, de limitada potencia verbal. Lo que Prado debe al modernismo es insignificante y habría que espigar, con mucha sutileza, en sus primeros poemas, para encontrar cierta huella de sus temas y tópicos.

La evolución poética de Prado es un interesante fenómeno que no cabe en el limitado espacio de un comentario. Habría que despojar el asunto de toda referencia a lo anecdótico y episódico del elemento lírico y circunscribirlo a las esencias esquemáticas, a lo que pertenece solamente al sentido poético que en “Esta bella ciudad envenenada” muestra un fino relieve y una acusada individualidad. Toda la poesía suya, lo dijimos en 1935, hace diez años, es profunda, grave, idealista. De su primitivo panteísmo algo queda, pero difuminado por una visión más espiritualizada del paisaje, que es casi imperceptible en este libro. El poeta busca ahora un camino que conduce a la eternidad, por la ruta de una verdadera persecución de lo divino no en un aspecto decorativo de conversión al uso, sino de tormenta íntima, pascaliana, de raíz castellana y de agrias y revueltas cimas, donde el sueño y la sublimidad proporcionan el índice genuino de un carácter lírico.