
Esa bella ciudad es el alma del poeta. Envenenada, no; silente, oscura y triste como ciudad en sombra por miedo a las bombas enemigas, acaso…
Él la compara a un estero que en el amor hechiza y embellece, pero que la llegar y vaciarse en el mar, “en playas de la sal y de la bruma”, solo llevó una rosa seca.
Una rosa seca es un recuerdo, un gaje de amor fenecido; y el poeta vive anegado en el recuerdo de ese amor; y al repensarlo –acaso al resentirlo- lo revive con la sutil agudeza de un platónico del Renacimiento.
De un platónico envejecido y soñador, colgado de la fina hebra de seda que pende del techo de la estancia que una araña formó para tomar tierra, y que ahora el aire mueve o un rayo de sol irisa. Del lento moverse, del cambiante lucir, el poeta deduce, recordando, mil pensamientos que se enredan y entretejen como la urdimbre de la tela de araña; y de ellos fluye un sentimiento con amargura de bien perdido y dulzura de añoranza deleitosa.
“No más que una mujer, y yo vi en ella
la presencia del signo y del sentido
de la rosa, del ave y de la estrella; no más que verla y me sentí perdido!”
Y desde entonces, con fidelidad dolorosa, vive cogido a su recuerdo. La ve en la luna: “la luna con su rostro se humaniza”; la siente pesada en la levedad del hilo de la araña y su roce le hiere; ama esa tortura de la eterna ausencia porque es vida y el olvido muerte; y al dejar su barca entregada a la corriente, la ribera que desfila en sentido contrario, le da la sensación que retorna “al ayer imposible que me espera”.
Y retorna al acogedor regazo del ayer. En “Encarnación” ve cómo aquellas excelencias que en ella lucieron en conjunto, van esparcidas apareciendo en una u otra mujer, que ya no puede amar. Y es que la “ciudad bella” es como el jardín que resonó lleno de convidados a la fiesta con risas y cantos y que al irse ellos, quedó silente y oscuro; y entonces el eco despierta a la tristeza que “crece y se propaga después que cierran la pesada puerta”.
Y en ese silencio y abandono, la evoca y cree verla. Y le dice:
“Tú me recuerdas un amor supremo
que tu presencia, sin saber evoca;
yo conozco esos ojos y esa boca;
porque bien los conozco, bien los temo.
Eres ¡ay! Mi pasado fugitivo;
mi amor, ya muerto, que asombrado vivo!”
Y lo vive. Él sabe que “en todo vario amor, solo él persiste – y en su espera inmortal vives y mueres”.
Y recuerda:
“De la luna, la piel en su blancura;
del sol en su tramonto, los cabellos;
del cielo, el iris; del clavel la boca”.
Como José Asunción Silva en su “Nocturno”, le siente a su lado:
“Moldeándose en el mío, va tu paso
que sigue, sin saber, en mi camino
ignorando tu cuerpo peregrino
que unidos ven tu aurora con mi ocaso”.
En este culto, más espiritual que sentido, del pasado de amor, Prado sutiliza; y acaso el ahondar en los aspectos de su pena, en iluminarse con el reflejo de sus facetas, él discurre como en casa propia con suelta naturalidad como quien vive su propia vida; y a nosotros nos parece sutil y quintaesenciado lo que de él fluye espontáneamente:
“¿Qué importa, di, que fuera pasajero
nuestro sueño de amor y desvarío,
si este presente, que yo llamo mío,
le vivo apenas, cuando ya le muero?”
Y ahondando en esta “bella ciudad envenenada”, recorriendo sus calles y aceras ahora solitarias, en que sombras movedizas simulan un vivir desvanecido, el poeta llega a dudar de su propia identidad, y de si esta vida transpuesta del presente al pasado no pertenece ya a otros, incrustados en nosotros mismos y sin nosotros saberlo:
“¿En dónde somos, di, que en nos no estamos?
¿Quiénes, hoy, en nosotros, pobres vemos?
¿Y cómo sin saber de nos salimos?
¿Cuáles fueron aquellos los que amamos,
que estos tristes de ahora no queremos?
¡Ay! Nunca estos que somos antes fuimos!”
Y por no serlos, el aislamiento se espesa. El mundo se torna desconocido y extraño. La mujer que fue suma y dechado de excelencias no tiene semejante en las miles que como fantasmas desfilan por el mundo, señeras y acogedoras; a lo sumo tienen algunas de sus gracias y finezas.
“¡Oh! Mujer misteriosa de mi arcano
deshechas huellas de tu cuerpo en vano
busqué entre las mujeres de mi vida.
Si en todas vives, nadie te contiene”.
Y el poeta ama con exclusividad esta mujer ideal, cuyo recuerdo lo posee; y se complace en él.
“Cual agua bulliciosa que remansa
espuma que deshecha se consume
y limo que en la sombra se congrega,
de caminar el alma aquí descansa
y observa que la vida se resume
en solo este silencio en que se anega”.
Mirando hacia el infinito de afuera, como Prado hacia el infinito de adentro, Leopardi también siente la quietud sedante de la contemplación cordial:
“…Cosi tra questa
Inmensitá s’annega il pensier mío
E il naufragar in¡dolce in questo mare!”
Los poemas de Prado transparenta con nítida claridad un estado de alma. Es ese estado, en que colmada la vida, saciada de amor, luchas, afanes, triunfos y caídas cuando se ha roto la cuerda que nos ata a ella, la cuerda que entiesa el arco de la voluntad y afina la visión, sentimos la nadería de las cosas, y el espectáculo del mundo en su eterno proejar con la corriente es el mismo en que tomamos parte y nos parece una repetición sin novedad; cuando el crepúsculo en fastuosa exhibición de incendio anuncia la sombra que sube de los valles para tragarse las cumbres, y nos sentimos sobrecogidos por el misterio del más allá y tornamos la vista sentimental al pasado, a los días en que salía el sol sobre el mundo y las almas.
En esos días, al influjo de la luz y el calor se esponjaba la naturaleza en espasmos de vida, como las palomas en celo y los pájaros llenaban los cielos en su alegre canto; y ahora, lo entristecen con lamentoso piar.
La lasitud de un ansiado descanso se infiltra en el alma; y nos desasimos de las cosas, en dejativo abandono. De lo presente fugitivo, no de la vida que se aferra a lo pasado que, visto en conjunto, se espesa y adquiere cuerpo y sustancia, macicez y consistencia de vida concentrada. “El recuerdo es el tiempo eternizado”, dice el poeta. Y en él se aquieta en dulce melancolía.
“¡Qué paso al avanzar, tan reposado,
qué sin esfuerzo todo movimiento;
qué distante el amor y su tormento;
qué grande el río hacia la mar, callado!”
Siga su curso y al pasar, fecundando la tierra, refleje el cielo, con sus nubes y el esplendor de la luz.
El poeta lo refleja en su río interior e infiltra como el agua, líquido fecundante en las almas.