Poesía de transparencia

Francisco Donoso persevera en el culto de pulcritud de su arte en soledad y silencio. No llega a su huerto siempre en primavera el áspero torbellino del mundo. Sabe mirar a la naturaleza y, como si fuera una de sus voces, cantar con la vertiente, correr con el río, jugar con el viento, extasiarse con la cordillera sagrada, ser, en fin, por gracia de Dios mismo, poeta, esto es el que, al darles nombres de belleza, crea y re-crea las cosas del universo mundo.

Para alcanzar tan alto destino ha debido, como su maestro el Alighieri, mirar el paisaje en torno con un intelecto de amor. Y amor canta en sus versos de unción sacerdotal, o en sus estrofas de serena transparencia en las que, con dulzura de égloga, acaricia las cosas de la tierra y bendice la gracia del cielo, con el gesto del hombre que descubrió la primera estrella y quiso aprisionarla entre sus manos mortales.

Porque, si perecederos, fugaces y limitados somos, buscamos, con la evasión de la realidad, que nos es dura y adversa, la salvación del alma y la liberación del espíritu en la eternidad de la poesía. Por eso el poeta, si lo es de verdad, ha de ser siempre un corazón religioso, transido de Dios, con hambre y sed de eternidad. Cuanto el poeta toca queda trémulo de su acento que busca el camino del cielo para que en él dure y perdure la música inaudita de su canto. No se es poeta por una habilidad, virtuosismo o maestría que permite jugar con las palabras como el volantinero con su mágico artilugio. El poeta viene de lo hondo y, si alguna magia le fuera consentida, ella no sería otra que la de transmutar, a través de una sensibilidad inteligente –o de una inteligencia sensible-, la oscuridad en transparencia y la angustia en serenidad. Beethoven dio ya la pauta cuando escribió al frente de la Sinfonía inmortal: “A la alegría, por el dolor”.

La poesía se nutre de paradojas como el encendido y milagroso corazón de la rosa, por el oscuro y silencioso sacrificio de las raíces, recibe convertidos en púrpura, oro y seda los jugos vitales de la tierra nutricia. Esa transmutación de belleza que nos muestra su camino encantado desde la raíz a la flor es la poesía.

Francisco Donoso alcanza la plenitud de este milagro en su libro intitulado –y nunca un nombre dijo mejor, la esencia de una cosa- “Transparencia”. La transparencia del agua de las vertientes es la de su canto. Agua que rompe, cantando, sus cristales en la entraña impenetrable de la roca y que, feliz de su mensaje, derrama su raudal en el río y allí, confundida con todas las aguas, se aleja cantando, siempre cantando, camino del mar. Porque la poesía es mensaje, comunicación, comunión. ¿No han meditado nunca esta verdad fundamental, quienes, sintiéndose poetas, se complacen en retorcer su expresión de manera que el canto, antes de nacer, perece en un mar de tinieblas y no llega a anunciar la claridad del alba que esperaban las almas en trance de belleza? Fácil es burlarse de la sencillez prístina del agua de vertiente, pero, antes y después de la burla, la vertiente sigue esparciendo la claridad de su canto, la música inmortal de su transparencia cristalina que, hasta para repartirse desgarrándose, nos regala con mágicos arco iris en los que riman todas las bellezas y todas las gracias del cielo y de la tierra.

¿Cómo siente y entiende Francisco Donoso esta transparencia de la poesía y esta poesía de la transparencia? El mismo va a decírnoslo:

“Quiero en mis veros un candor de infancia

que haga ver el ensueño en transparencia,

latina luz y helénica elegancia

que logren en las almas transparencia;

que el símbolo florezca y de fragancia

uniendo claridad y sugerencia,

y que fluya una música a distancia

que siga con la imagen de confluencia.

Lo informe nombre de arte no merece:

la mata oscura que el estanque encierra

solo es nenúfar cuando al sol florece.

De normas esotéricas recelo:

al hontanar que sueña bajo tierra,

prefiero el agua en que se mira el cielo”.

Internémonos en la rosa para penetrar en su esencia: “Quiero en mis versos un candor de infancia”. Y acaso en este anhelo tan pura y simplemente expresado resida la gracia de toda poesía. En el paraíso perdido de la niñez quedó para siempre olvidado nuestro reino de belleza. Los que, más allá de la edad en que el poeta florentino penetró con su maestro Virgilio en la “selva oscura”, nos rebelamos contra la sordidez circundante, buscamos, a manera de refugio y áncora de salvación, la isla milagrosa de la infancia. Para vivir en poesía hay que ser, siempre, como niños. El poeta lleva la infancia a flor de corazón. Por eso, cuando canta, los hombres enfermos de seriedad y de importancia creen que escuchan a un loco, a un ebrio o a un alucinado. “Está desvariando”, “Está mirando visiones”, “Está… diciendo niñerías”, son las reacciones más benévolas del sentido común frente al poeta. Y este da en el verso su respuesta de amor y de belleza descubriendo las relaciones ocultas y secretas de las cosas. La metáfora que, aparentemente, es la desrealización del mundo, no es sino la intuición de la verdad profunda, el atisbo de la realidad verdadera que, desde su misterio, hace al poeta su guiño de luz. Por eso Francisco Donoso quiere que el “candor de infancia” de sus versos “haga ver el ensueño en transparencia”. Porque, maestro de claridad, el poeta se interna en lo recóndito para traducirlo, en deslumbrante rayo de belleza. Porque comulgar viene de comunicar. ¿Y qué comunión, qué comunicación, puede haber en las tinieblas? Porque ya estamos lejos de las “misas negras” de la poesía…

Simple, clara, matinal, la poesía ha de brindar su misterio en la flor de la imagen en que tiembla un divino escalofrío. Manos de hombre escribieron el verso, pero, tras la mano, moviéndola, impulsándola, dirigiéndola, latía una voluntad de belleza que el mismo hombre seguía y sentía, sin alcanzar, acaso, a comprender: “Que el símbolo florezca y dé fragancia / uniendo claridad y sugerencia”. Ya tenemos el milagro de la palabra articulada en verso, en claridad, en armonía –Grecia y Roma-. Ahora, animando la cláusula rítmica, como el rocío irisado de sol que tiembla en el corazón de la rosa, este nuevo hallazgo de la sensibilidad y la inteligencia: el símbolo. ¿Para venir a sembrar la confusión? Para seguir derramando la claridad. Para aumentar y corroborar la belleza. Así las cumbres, cuando sienten que el sol las hace resaltar y destacar en su fulgente manto de púrpura y de oro. El símbolo unirá, pues, “claridad y sugerencia”. No todo quedará dicho en el verso. Temblará en el alma del lector, como en una siembra, el sacudimiento y el anhelo de encontrar lo que falta. Fecundidad de la belleza que hace un nuevo poeta, un nuevo amigo de la poesía, de quien se acerca al verso con intención y afán de amor.

En su ascensión a la cumbre el poeta encuentra otro motivo para que resplandezca la dádiva de su poesía: “… y que fluya una música a distancia – que siga con la imagen su confluencia”. La música, inefable camino de Dios. ¿No hubo un poeta, y de los grandes, que nombró a sus versos “Chansons san paroles”? ¿No veía Paul Valéry en el simbolismo el intento de la poesía de convertirse en música? Y un filósofo, todo un filósofo, Arturo Schopenhauer, ¿no atribuía a la música su misión sobrehumana de lenguaje puro del espíritu?

“Lo informe nombre de arte no merece”. Bastan la mirada y la mano de amor de la belleza para producir el milagro. La materia debe animarse por el soplo alado de la forma. “La mata oscura que el estanque encierra – solo es nenúfar cuando al sol florece”. Gran creador de belleza: dador de vida, poeta cósmico, el sol.

“De normas esotéricas recelo”. La poesía no es, no puede ser otra cosa, que transparencia o, si el ideal no se alcanza, anhelo de transparencia. ¿Y los poetas oscuros?, se me dirá. Es deslealtad a la belleza y traición a la poesía proceder como el calamar o el pulpo, recordado por Nietzsche, que enturbia las aguas para que parezcan profundas. “Al hontanar que sueña bajo tierra – prefiero el agua en que se mira el cielo”. Y ese hontanar que sufre su cautiverio subterráneo solo aspira aflorar en la pradera verde para mirarse en la pupila del cielo y, agradecido, devolver la imagen azul en su corazón de agua transparente y trémula de maravilla. La lucha, la proeza, la agonía del poeta reside en esa ansia de traducir en claridad el misterio, en luz las tinieblas, en flor de cielo la raíz de la tierra. Ya Goethe, arquetipo de hombre y de poeta, había dicho: “Yo me declaro del linaje de esos – que de lo oscuro hacia lo claro aspiran”. Y, con soneto de antología, nuestro humilde y recoleto cantor de paisaje nos deja para siempre una profusión de fe de claridad en la poesía y de poesía en la claridad. Ya, hace años, nuestro Daniel de la Vega había preludiado: “Hablar con claridad es un dos de los cielos”.

Los versos de Francisco Donoso a la montaña andina nos traspasan de ese anhelo de eternidad de que está henchida su alma en fervor de religión y en trance de belleza:

“Quien sueñe en sus laderas sorprenderá su vida:

sentirá en sus entrañas brillar sus hontanares

y en sus sombrías quiebras verá que estremecida

borbota el agua virgen en busca de los mares.


Un ansia incoercible de escalar lo más alto

despierta en el que pisa sus moles de granito;

mas, los titanes hoscos, tallados en basalto,

inmóviles quedaron mirando lo infinito.

Quien va hacia la montaña, con alma pura y grande,

hacia su propia madre, como Jacob, camina;

y al luchar con el Ángel que vela sobre el Ande,

tendrá como el Patriarca, la bendición divina”.

Aquí la majestuosidad religiosa de la cordillera ha infundido en el espíritu del poeta una aspiración a la altura que se confunde con la emoción sagrada de los versículos bíblicos. Frente a la mole de granito coronada de nieve, que desciende cantando, fugaz y eterna, al mismo tiempo, a los mares y ríos, Francisco Donoso da a su verso un acento de elevación que alcanza la grave y solemne resonancia de un órgano de catedral que celebra, con música sacra, la belleza de Dios a través de sus criaturas. El canto a la cordillera se alza en un vuelo de eternidad, hasta la cumbre de la más excelsa y clara poesía.

En la antología ideal que soñamos para los niños de Chile, este fragmento deberá ocupar un lugar de preferencia. ¿Cuándo se comprenderá que llegar al alma infantil de la poesía –en una incitación al amor por el cielo, el mar y la tierra de Chile, en una exaltación a la hazaña de su gente que, constreñida entre océano y cordillera, se labra un destino- es una manera, la más perdurable y entrañable, de hacer patria? El niño que levanta la mirada hacia las estrellas sentirá en los ojos del alma una siembra luminosa de poesía, premio y recompensa del afán cotidiano en el aula, el taller y el hogar. Y lo que de los niños se dice debe extenderse a los grandes porque ya el Divino Poeta lo dijo: “En verdad os digo que si no os volviereis o hiciereis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos”.

Y los versos de Francisco Donoso, siendo, como son, esencial y fundamentalmente bellos, hace patria. ¡Magnífica adehala de la belleza que, sin proponérselo, por la sola gracia de su presencia invisible, nos hace sentir, comprender y amar el paisaje en torno!

Pero he aquí que en medio de este anhelo claro y profundo de superación y de grandeza, un sutil desaliento vela la frente serena del poeta. ¿No será inútil nuestro afán sobre la tierra? ¿Inútil hasta el sueño de belleza por el cual vivimos y, criaturas divinas, anhelamos sobrevivir? Fragilidad de fragilidades y todo fragilidad. El canto le brota a Francisco Donoso, melancólico y leve, como desde lo hondo de una íntima herida:

“Cumbre que a nube aspiras

con tu nevada frente,

siento tu mismo afán

inútilmente.

Llanura que el regazo

abres a un hada ausente,

en ti un edén soñamos

inútilmente.

Río que vas buscando

reposo permanente

como tú van mis horas

inútilmente.

Alta mar, tu horizonte

lo infinito nos miente,

mis ojos ven tu círculo

inútilmente.

Dime, vilano errante,

verso de flor doliente,

¿mi verso irá volando

inútilmente?”

Es la confesión del desaliento sutil que llega también hasta el alma del hombre de Dios extasiado en la contemplación de las cosas eternas y conmovido por el anhelo imposible de penetrar y desentrañar su misterio. La unción de sus manos sacerdotales no ha podido arrancar de su pecho la espina de esta humana congoja. El artista ha trazado con finos perfiles los contornos del armonioso paisaje de su tierra y las sombras conmovidas de luz del siempre expectante paisaje de su espíritu. Y de este divino y humano contrapunto ha brotado esta poesía de transparencia; síntesis de cielo y tierra, de sangre y espíritu, como esa agua de cordillera de la que mana su esencia cristalina y eterna. Si quisiéramos grabar en un símbolo permanente la poesía clara y pura de Francisco Donoso, él no podrá ser otro que este hontanar de la montaña que, fugaz y mudable, en su eternidad, retiene en su alma de cristal y de canto la belleza del mundo y el anhelo de Dios que se reparte en amor a todas sus criaturas.

Como un Francisco de Asís del paisaje, nuestro poeta pintor canta a la cigarra (“este pequeño mineral viviente”); la azucena (“¿qué buriles le pulen su alabastro?”); a una vieja encina que ha contemplado, llenándose de cánticos y de pájaros, el afán de la ciudad (“¡qué te dirían los cantos – del queltehue y del zorzal!”); al aroma del jazmín (“alguien me dejó en su estela – ondas de tu mismo aroma”); al Río Aconcagua (“ofreces a tus garras confidentes – tus trenzados cristales y bajíos”); a las neblinas del Puerto (“hace más vago el humo incierto – y hace incierto el amor del viaje”); a las flores penitentes, las flores del invierno y la flor de la sonrisa. De esta alianza el pintor con el poeta no está, artista completo, ausente el músico. Música de palabras que espiritual y sutilmente nos envuelve y traspasa como música del alma:

“Cruje el carro opulento de gavillas

que llevan ocho bueyes y un cantar;

las torres de los álamos repican

un ángelus con trinos de zorzal.

Ya en los silbos del último labriego

la brisa va afilando una canción

y sobre el oro viejo de los cerros

Ruth va cogiendo rastrojos de sol”.

Íntima compenetración del poeta con el paisaje y Dios, su Dios, al que adora en su vida y canta en versos encendidos de emoción religiosa. ¿Puede pedirse mayor milagro a la poesía? Aquí Dios nos aparece a través del paisaje. Estamos en la sección del libro que Francisco Donoso nombra “Horas Contemplativas”.

Ahora pasaremos, y desgraciadamente el paso será leve, a la parte que el poeta llama “Voces del Espíritu”:

“Los pastores llegan

con quesillo y miel

y cantan al Niño

que les da placer:

-¿Cómo es que la rosa

nos muestra un clavel?

El milagro ha sido

para nuestro bien.

Niñito, no llores

escucha el rabel;

toma estos regalos,

tómalos, mi bien;

que si están tan pobre

siendo nuestro Rey

el milagro ha sido

para nuestro bien”.

Quedemos con la inocencia divina de este cantar de Navidad sin olvidar la entonación majestuosa de un salmo que, en la intensidad del ansia y la pureza del anhelo, muestra la unción de la criatura que se funde y se confunde con su Creador:

“Si Tú sabes mis ansias y ves mi pensamiento,

me envuelves mejor que el aire a las montañas,

me penetras mejor que el mar a sus esponjas.

Si ante tu luz eterna soy una gota de agua,

¡alúmbrame, traspásame y elévame a tus prados,

que soy rocío tuyo, más que el mar que te canta”.

Saludemos de paso la gracia primitiva de una anunciación en la que un ángel se aleja “volando de rodillas” para penetrar en la última estancia. La que el poeta intitula “Épocas Ausentes”:

“Una estación faltaba… Llegué a la sala tibia

de cirugía: luces de vidrios y metales,

olores de farmacia, la máscara que alivia,

las limpias aduaneras de blancos delantales.


¡Nunca noche más larga que aquella de una hora!

¡Qué despertar de ciego! Con extraña ternura

se henchía el corazón y un rocío de aurora

me daba el goce tibio de librar la aventura.

Era un amanecer de suspiro lavado

en el llanto sin llanto de la melancolía:

¡con la suave nostalgia de aquel viaje frustrado,

oh, frontera lejana, me llamas todavía!”

En el límite de la vida y la muerte, en la frontera de la angustia y la esperanza, el poeta ha escuchado voces de lo eterno. También las ha sentido en lo más hondo de su corazón de tierra con ansia de cielo cuando, lacerado de nostalgia, dice melancólicamente a Jenaro Prieto, su amigo que sueña ahora en la patria celeste:

“¿Recuerdas que en las telas que pinté preferiste

aquella en que el ocaso doraba unos cipreses?

 Romántico era el tema, pero hoy lo siento triste:

¡con su sombra de ausencia, su luz empalideces!

Pasé mirando ayer esas tranquilas lomas

en que el viento alisaba las rubias teatinas;

¡por tu mansión pasaban volando unas palomas

y mi alma anocheció, con húmedas neblinas!”

Francisco Donoso toca, rozándolos con amor y dulzura y penetrándolos con firme y delicado imperio, los grandes temas de la poesía eterna: el amor, la muerte y, misterio entre los misterios, la claridad de Dios para bendecir de luz el camino.

Pero no se trata solo de profundizar en los temas abisales. Toca a veces el poeta recuerdos de infancia y adolescencia que se confunden, unos, con episodios del colegio; con la vida de la ciudad, otros. Así sentimos pasar a Leonor, pálida y traslúcida en su belleza de lirio, dulce flor de penitencia a la cual podría sin perjuicio de su santidad, aplicarse el grito romántico: “¡Ay, infeliz de la que nace hermosa!” Delicada y pulcramente Francisco Donoso levantará el velo de esa arcana tristeza:

“Hoy que lo sé, al contarlo, no denigro:

tu belleza era el único peligro,

tu inocencia era el único pecado”.

Hasta en las islas de la soledad y de silencio ruge, irresistible, la devastadora tempestad de las almas. Pero el poeta dulcifica la visión de martirio con una lágrima de ternura infantil:

“Como visión triunfante del olvido,

siempre esbelta, romántica y hermosa,

surges en mi recuerdo agradecido,

dulce maestra de mi edad de rosa”.

Es como una violeta que se quedó olvidada hace años en el marfil amarillento de un viejo libro de horas y que guarda todavía intacto su perfume, prisionero sutil de las páginas y los pétalos marchitos.

Sueña el poeta en el retorno a la infancia. Así, “estaría cantando mi vertiente”. O bien: “Sueño en que mi río se remonte a fuente”. Y, anhelo supremo: “Mi madre me vería en sus ojos risueños”. Y el poeta “besaría esos ojos bebiendo sus ensueños”.

Ahora parece que vamos a naufragar en la anécdota, en la simple crónica de la ciudad, cotidiano centón informativo que recoge los hechos del inmediato y transitorio acontecer. El poeta, para que no haya lugar a dudas, hasta se fija la ubicación de la “vieja encina” de su canto:

“Aquí en Providencia y Condell

contemplándonos estás

con tu sosegada fronda

de bíblica majestad”.

Y toda la vida de la ciudad surge evocada por la vida del árbol venerable:

“Cuando eras niña este sitio

era un refugio de paz;

soñabas mirando el río

detrás de su tajamar”.

Han pasado años y desengaños para la ciudad y sus hijos. La “noble abuela secular” ha seguido, intacta y “enhiesta”, “cúpula sonora del trino y la tempestad”. Y sigue, y “permanece”, símbolo vivo de la poesía:

“Hoy eres la isla muda

de una pretérita paz

donde mis ojos refugian

sus sueños de soledad”.

¿Comentarios? El poeta ha alcanzado la victoria de la claridad y la transparencia: con las palabras más simples, la emoción más honda. Así, sin esforzarse, nos ha hecho sentir y revivir los años inocentes de la iniciación en la vida y el amor de la belleza, “desde el temblor del álamo – desde el alegre rosal”.

Hay en la poesía de Francisco Donoso un canto de pastores que busca, desde siempre y para siempre, la estrella de Belén de la esperanza eterna. El fulgor de esa estrella perfuma de luz el canto del poeta.