Cielo en la tierra, poesías Hernán Montealegre

Hace dos años nuestro ambiente literario fue gratamente sorprendido por la aparición de un libro que, bajo el título de “El joven laurel” reunía una selección de versos y de ensayos en prosa, cuyos autores eran jóvenes de la Academia Literaria del Saint George’s Collage de esta capital. La sorpresa se debió, no tanto al hecho de la publicación de un libro escrito por muchachos –puesto que en varios colegios y liceos hay revistas que publican también composiciones de los alumnos- sino a la calidad de los trabajos que contenía el volumen. La crítica lo señaló con satisfacción, elogiando a los adolescentes autores, cuyas aptitudes aparecían tan sobresalientes.

Pero el éxito mismo sugería una duda: ¿Continuarían cultivando sus aptitudes esos jóvenes? Pasados el entusiasmo y el idealismo, propios de su edad, ¿mantendrían su inspiración y la disciplina que exige la vocación artística? La vida ha tronchado tantas vocaciones juveniles y la precocidad en el triunfo suele traer consigo el agotamiento prematuro.

Felizmente, en este casi no ha ocurrido así. “El Joven Laurel” se ha convertido ahora en el nombre genérico de unas ediciones que lleva publicados ya siete volúmenes.

Queremos referirnos hoy al aparecido últimamente. Se titula “Cielo en la tierra” y su autor es Hernán Montealegre, uno de aquellos colegiales de hace dos años. En 50 breves páginas, un claro manantial de poesía.

Nos hallamos frente a algo tan superior, tan distinto de lo que nos ofrece la producción literaria de la juventud actual, que hasta el título, aparentemente pretencioso, está bien puesto. Esos versos, sanamente modernos con felices hallazgos, traducen las efusiones de un alma extraordinariamente pura, volcada hacia los amores más altos y más nobles que pueden atraer al corazón humano.

“Dame la mano, poesía, dame la mano,

vámonos amando

sobre las altas cumbres,

que la Amada, recién nacida, nos espera”.

La Amada es la Virgen María. Con este amor se inicia el libro y con él se cierra; pero caben otros. “La historia hermosa” es el canto a una de esas hondas amistades que nacen en el colegio y que después no tienen igual en la vida, porque en ellas todo es pureza y generosidad, idealismo y esperanza. El poeta llega, en estas páginas, a cumbres de rara belleza y sinceridad. Tiene también otro amigo, al cual escribe “La historia de todos”. Ese amigo es Jesús:

“Habitabas en aquel mar absoluto de aguas lejanas

y sin embargo

deseaste venir y conocer el árbol cuyo fruto moría cada tarde,

y estar junto a nosotros”.

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“Ya entonces el camino sostuvo la luz de tu pie

y dentro del hombre se oyó el silencio de tu mano”.

Su vuelo no se detiene allí. Mejor dicho, su amor hace descender hasta él, hasta su realidad viviente, al mismo Dios, con el Cual habla en la “Primera Oración o Elegía del Amor y la Esperanza”:

“Desde toda eternidad me has amado.

Siempre me has tenido contigo, Padre mío.,

Tú habitas en mí y yo siento tu amor

que me rodea entero y casi me suspende de la tierra”.

Todo este poema canta –tal vez sería más justo decir: cuenta- este Amor, con una sencillez que asombra. No es una “poesía religiosa”, no es un himno a Dios, no es un éxtasis; es una vivencia real, una experiencia (“yo siento tu amor”), algo vivo que ocurre entre el alma y Dios; pero, sin exaltaciones, simplemente, como un diálogo entre dos amigos. ¡Y qué elevación y qué profundidad en los pensamientos! Esto no se aprende, ni se imita: se vive.

El libro contiene también otras poesías que no son de temas religiosos. El poeta no habita en las estrellas, sino que sabe de la tierra, la ciudad, el dolor, la muerte y “el tigre nocturno que camina en mi sangre”. Pero esas realidades no le amargan, aunque a veces le entristezcan; no las desdeña, sino que las contempla desde arriba y con un amor generoso, hondamente cristiano. En este aspecto, el simbolismo de “Tu poema” es particularmente expresivo e impresionante.

Por todo esto, el poeta puede decir con ingenua sinceridad:

“Hermano de ángeles y poeta de la eternidad,

asciendo a la tierra con mi celestial destino”.

No se ha producido otro caso como este en la poesía chilena.