Mediodía, poesía por Luis Oyarzún

Toda hecha de antítesis y contrastes, de elementos disímiles que contínuamente se entrechocan con una especie de sistemática naturalidad de sencillez buscada, la poesía de Luis Oyarzún, una de las más ricas y curiosas entre las nuevas generaciones –este Decano tiene cara de niño- y de las que más incitan a pensar.

Le gustan las plantas, es aficionado a salir a vagar por los campos, mirándolo todo, examinando las flores, las yerbecillas, cuanto descubre de silvestre y amable, pero, como sabe botánica, conoce los nombres de las creaturas vegetales y las llama por ellos y, como es artista, en sus manos se tornan objetos preciosos, piezas de orfebrería:

“Ramajes siderales estallan,

altramuces, campánulas,

racimos de glicinas.

Vacíos interiores se colman

como frutas ardientes.

Tembladeras, ciclámenes.

Jacintos y verbenas

inundan la primavera de los cielos...

Abren rosas que ondulan.

Cada fluido florece

entre las nebulosas,

En la primavera de los astros

cada flor tiene su cielo”.

¿Es un paisaje, es una colección? Hay también astronomía y meditaciones, hallazgos de vocablos entre el pasto, sobre las cuestas, bajo la libre imagen y hasta exhalan un aroma contenido, de estuche. Evidentemente, el poeta ha vagado por terrenos reales y ha visto muchas cosas, no sin deleite; pero viene de un recinto donde los volúmenes se alineaban y conoce muy bien, demasiado tal vez, lo que debe decirse, lo que produce efecto.

Gran descanso huir de la metafísica, el espíritu escapa a las abstracciones y se frota con la existencia, se embriaga de luces, que no son pensamientos, ni dan su lección, que no es aquel ente tiránico denominado alumno; pero cierto aire sigue a quien lo ha respirado, lo sigue, lo persigue. Los profesores sufren una condena.

Luis Oyarzún se libra elegantemente. No hay en él rastro de apuntes ni olor a libreta. Logra, claramente, desconcertar, hacer al lector preguntarse qué significa eso, por dónde vamos, hacia dónde. Desde unos versos un tanto laboriosos huidobrianos, nerudianos, pensativos, aunque siempre bellos bajamos de pronto a un párrafo de crónica, iluminado por Nicarnor Parra que juguetea y sonríe, sin nada abstruso, para divertirse con el asombro como quien sale del matorral a una planicie reposante.

“Lo mejor no podía ser sino perderse

Por aquel camino cubierto de maderos podridos.

Al lado de un mar cuya negrura resplandecía.

Bajo la lluvia que tan bien entendíamos

Lo mejor era nuestra ignorancia absoluta...

Aún para los peces era difícil nadar con esa lluvia

Nos consoló saber que allí estaba aún la ‘Andalucía’.

Velero de cuatro palos declarado inservible.

No podía haber cosa mejor que perserse”.

El háibil manejo de la incoherencia, el cultivo de la seriedad sonriente, una espontaneidad calculadísima, obra del arte, mantienen la atención sobresaltada y el ánimo sin saber qué admirar, desconfiando, sospechando.

“Amor aparecido, algo conozco

del sabor de tus labios,

pero me es más extraño

hoy que antaño, tu rostro.

Amor aparecido, hablaste

todo un día conmigo.

Pero siempre suspiro

¡De ti nada se sabe!”

No, verdaderamente, “de ti nada se sabe”. O se saben cosas que enetre sí se destruyen, una como ternura indiferente, un orgullo modesto, la humildad del que se acerca para alejarse más, del que hace confidencias envuelto en sombras y propone misterios.

De pronto los versos toman ritmo de canción, el gongorismo se allana, se vuelve campesino, amante, suave. Como fatigado ante su propio enigma, el poeta interroga y se pregunta, enderaza reproches a un vacío, desearía conseguir algo, lanza incluso voces de pasión auténtica, con una desesperada esperanza, con el viejo clamor del amor, en su estrofas piden música, instrumento, flautas, cuerdas.

“Nunca supe qué pedías

aunque bien supe que dabas.

Nunca supe qué querías,

sabiendo que te deseaba.

Nunca supe dónde, adónde

me llevabas y perdías.

¡En todas partes te escondes!”

No importa. Es cruel. Pero, de ese juego vivimos, de ese correr y no alcanzar, de ese crer y dudar, de ese eterno engañarse, un día para sufrir los desengaños sucesivos, pagando la caricia con mortificaciones.

Querríamos citar de nuevo, aunque sería citar demasiado, convirtiendo el comentario en una antología; pero hay un himno, plegaria o profecía de la página 60, que empieza:

“Algún día dirás que me has amado,

algún día.

Algún día dirás que has despertado,

algún día”.

Y que tiene un vuelo lírico indudable, un soplo, una emoción. A la perpetua incertidumbre, a la sensación del misterio, de la fugacidad de todo, sucede un acento seguro que se promete la realización de la felicidad.

Es solo esa nota.

Puesto en la portada bajo el signo meridiano. “Mediodía” está entero en al penumbra incierta, entre demonios escurridizos que no se sabe nunca exactamente quiénes son.

Fina y dura, conmovida en indiferente, rápida de paso y que parece detenida, frágil y con algo de piedra, de esmalte, espectacular y simple, esta poesía de Luis Oyarzín sobresale en la de su generación por una calidad rara, compuesta de elementos parnasianos, simbolistas y hasta neo-modernistas, fundidos y amalgamados en el caótico crisol de la vanguardia.