Tiempo, medida imaginaria de Stella Díaz Varín

Al lado de la figura estable de María Angélica Alfonso (1) reaparece la de Stella Díaz Varín con “Tiempo, medida imaginaria”. En “Razón de mi ser” (1949) y “Sinfonía del hombre fósil” (1953) dio rienda suelta a su afán de originalidad y a su espíritu rebelde y borrascoso. Por lo menos en la apariencia, ya que en Stella Díaz Varín conviven diversas tendencias, tanto en su carácter como en su producción literaria. Viene de la tierra de los poetas místicos o religiosos, como la Mistral, Mondaca y Augusto Winter, pero no se contenta ni con los asuntos que a ellos les interesaron ni con su lenguaje.

Los poemas de Stella Díaz Varín llevan muchas veces títulos que no parecen estar de acuerdo con su contenido, pero leyéndolos con atención se descubren huellas autobiográficas y elementos de belleza formal obtenidos de un afán visible de oscuridad, como se palpa en “Breve historia de mi vida”.

La poesía moderna, dice un crítico, habla de acontecimientos, seres u objetos, sobre cuya causa, tiempo y espacio el lector no posee ni poseerá ninguna información. Las expresiones no concluyen, sino que se interrumpen.

Aquí hay que caminar por un derrotero caótico, sembrado de imágenes y metáforas terribles para descubrir algo debajo de la corteza oscura:

“En el invierno, debo dedicarme

a oxidar uno que otro sepulcro.

Y en primavera, construyo diques

destinados a los naufragios”.

La alteración del orden normal de los períodos permite a Stella Díaz Varín promover insólitas asociaciones verbales y emplear palabras que solo se explican explorando su raíz. Sin embargo, y sobrenadando en este limo sombrío, deliberadamente cargado de maleza verbalística, se encuentran dos poemas de categórica jerarquía: “Des espacio hacia acá, como dos tiempos” y “Ven de la luz hijo”, donde surge una imagen como esta: “La noche dislocada como ala de cetáceo herida”.

En “Epílogo” trata la escritora de dar una idea de su arte poético y aunque sus poemas se presentan como objetos independientes, siguiendo el pensamiento de Eliot, puede comprenderse mejor su orientación: “Tiempo-mares, yugo y libertad. Cuando colmas la vida de silencio y conminas al ánimo contra la verdadera dicha, que es efímera, cuando en tus ríos, que la pupila, desvanece en loco intento de conservación se yergue tu indecisa figura, me basta solo recurrir a los elementos que la noche aconseja y golpeo tu faz, demacrada por los amaneceres”.

Es un nombre que no debe olvidarse y que, por encima de lo arbitrario y misterioso de las formas, esconde una originalidad significativa y ardiente en un mundo igualitario y convencional.

Stella Díaz Varín

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(1) Se refiere Ricardo Latcham a una de las críticas que acompañó a la presente en su publicación original: “Tiempo limitado de María Angélica Alfonso”. (N. del ed).