
Con “Escritura de pájaros”, de Antenor Guerrero, se encuentra una verdadera vocación. Hacía tiempo que Chile no producía un libro semejante. Es lo más difícil adaptarse a la poesía infantil, sin caer en los tópicos o en la literatura pedagógica, escrita por profesionales del lugar común y de la cursilería empalagosa. El tema podría llevar a largas digresiones. Además, el crítico recibe, a menudo, libros y antologías que tratan de esta materia. Lo difícil es encontrar el material justo, el texto preciso y utilizable.
Antes Guerrero hizo versos y dio a luz un hermoso libro de cuentos de la frontera, titulado “La madera se quema”. En “Escritura de pájaros” se combina admirablemente la fantasía con la variedad y la amenidad. Es un volumen que pueden leer con provecho los niños y los grandes. Revela, además, un conocimiento asombroso de la vida chilena, del paisaje y de sus alados moradores.
Corresponde perfectamente al epígrafe de José Martí: “Un libro cuyas palabras leyeran los colibríes, si supiesen leer”. En otro sentido, también sorprende el fino humor, la calidad sutil de las consideraciones de Altenor Guerrero en poemas tan logrados como “Compra y venta” y “Haciendas del Chercán”.
Existe en el conjunto adecuación de fondo y forma que puede satisfacer a un profesor exigente, pero también a un lector desinteresado. Por ejemplo, ese admirable poema titulado “Cantan para todos”, de breve y sustancioso contenido:
“Los pájaros del mundo
cantan para todos.
Son las mismas canciones
en el bosque o la ciudad.
Idioma de los trinos,
mensaje de alegría.
Yo digo, por ejemplo,
que cante el ruiseñor:
¿Necesita traductores?”
Vivo en un país de pájaros, que la pluma insigne de Hudson inmortalizó en páginas no superadas en la literatura de lengua inglesa. Desde la mañana hasta la noche me rodean los cantos y trinos que siento en el mismo instante en que escribo estas líneas. Pero también la nostalgia de la patria llega acrecida en el repertorio de Altenor Guerrero, en la elegancia de la garza “tan de tul y reina pluma”, en la lección de las palomas, en el “pecho de bandera” de la loica, en la severidad del cóndor, “ave de la nieve, del alto cielo”, en lo criollo de la tenca vestida con “traje de fina percala” o en el tiuque, “hijo de pájaro pobre”.
Altenor Guerrero sabe matizar los colores y ajustar sus temas dentro de lo geográfico. De esta manera desfilan los principales pájaros nacionales y su psicología está revestida de sentimiento y de gracia que va desde el franco humorismo de “Pájaros viajeros” y “Asuntos pajariles”, hasta la combinación de imágenes sencillas y abstracciones más sutiles. Una verdadera página antológica es “Baño de pájaros”, de gran eufonía y escrita con un lenguaje que desnuda su esencia exquisita:
“Agua clara,
hija de las piedras y raíces.
Protectora de los trinos
y lustre de las alas.
Agua para pájaros
preparada en primavera.
Agualumbre y aguaplata.
Debajo de la tierra, dulce caminera;
caricia de las plumas
en la secreta umbría surtidora.
Una gota para el trino;
un diamante para el ala.
Aguapio y agualira.
Aguacantos y aguajuelo.
Aguarrisas yagualí”.
Por encima de su apariencia modesta, este libro de Altenor Guerrero hará noticia en Chile, junto con enriquecer el horizonte de la poesía austral, prestigiada por Neruda, Juvencio Valle, Julio Barrenechea y tantos más, que lo anteceden al evocar el paisaje de ríos y bosques de la frontera.