
Dámaso Ogaz prologa la obra y se lamenta de la apatía existente en el gran público por los poetas. ¿Cuál es la causa de este fenómeno y que en estos momentos acongoja a los actuales líricos chilenos, no a los consagrados sino a los que recién balbucean la primera lección del silabario?
¿Existe en realidad desinterés por la poesía? ¿Por qué entonces se reeditan tantas obras, por qué los críticos siguen escudriñando los misterios del arte y el público agota ciertas ediciones?
Lo que sucede es algo muy explicable. No podemos negar que la novela y el cuento, la historia y las crónicas de viajes constituyan la preferencia del público. Los poetas van a la zaga porque es un género de selección y jamás la masa llegará a un deleite continuado y solo alcanzado a través del permanente misterio de los bello. Requiérense por eso condiciones espirituales reñidas con la vulgaridad, exígense estados de alma peculiares y afinados, actúa un mundo insospechado de imponderables tan sutiles y un paralelismo de emociones y sentimientos tan cercanos, que sería absurdo esperarlo de la mayoría inmesa en el vértigo de las solicitudes cotidianas. Y no olvidemos que cada lector tiene su autor favorito en cuyos versos percibe resonancias de hondo contenido subjetivo. Sin que lo pretendan, serán Neruda, Gabriela Mistral, Barquero o Arteche la porción lírica que los satisface y el fácil acceso a una catarsis espiritual que los purifica y embelesa.
Por eso no debe extrañarnos esta aparente desidia frente a tanto poeta contemporáneo, que haciendo esfuerzos inauditos edita un libro pequeño y tímido, mientras Neruda lanza toneladas de “Odas Elementales”. En lo más profundo del problema trátase de una categoría estética. Si el novel escritor posee la virtud mágica, pronto se abrirá camino y un enjambre de almas girará a su alrededor. Si esto no sucede, incrementará el acervo de lloros mediocres o malos, [secos] e impertinentes, luciendo la no envidiable gloria de ser llamado “poeta” solo porque imprimió versos.
Muchos son los títulos del Grupo Fuego que han sido comentados en estas columnas. Unos han sonreído complacidos, otra y otras nos han puesto de oro y azul por escoger los colores más apropiados, pero el hecho positivo es que esta institución mantiene el “fuego” sagrado de un esfuerzo permanente encaminado a sacar del anonimato y a dar a conocer las nuevas obras de los ya consagrados.
Eugenio García Díaz publica versos desde 1948. Una docena de libros revela una inquietud poética sin desmayo, orientado hacia la búsqueda de un ideal huidizo y muy pocas veces asequible. Su trabajo ha sido noble, incomprendido por la gran mayoría y casi sin sentido en una época de embrujamientos científicos; sin embargo, estos testimonios adquieren un valor especial por la contrapartida que significan, al afirmar los valores del espíritu cuando solo se colocan en primer plano los deslumbramientos de la técnica.
“Garganta de fuego” no es una revelación sorprendente. Fue escrita entre 1946 y 1948 como afirma el prologuista, pero supera en calidad estética a “En el territorio de la primavera” aparecida el año pasado.
No se trata aquí de un himno a la vida. El tono elegíaco se mantiene en estos doce poemas de sal y muerte de planetas sumergidos en oscuras atmósferas, de piedras carcomidas por el moho, de voces desnudas, de granadas estallando entre tulipanes, de huracanes afilados como bisturí, de batallas ardientes, de auroras desnudas y de delirios en el deseo.
Si añoramos la perfección formal, agrada en cambio el ritmo vital de la sinceridad vaciada en los moldes de un canto vibrante que sin aturdir, atrae por el vitalismo y originalidad de ciertos momentos subyugantes. No son muchos, pero sí el poeta no ha conseguido satisfacer la inquietud lírica en toda su plenitud, ha logrado algo muy importante: compadecernos de su aflicción y soledad.