Amanecer, por Carlos Iriarte

Desde los tiempos en que la voz de Juvencio Valle irrumpió en la poesía chilena trayendo frescos perfumes de la arboleda, nada tan vecino a la naturaleza como este libro de Carlos Iriarte (Prensa Latinoamericana, S. A.). Es verdad que el autor carece generalmente de la forma, y que alinea versos sin ninguno de los encantos habituales del arte de versificar; pero ello no obstaculiza totalmente nuestra comunión con la entraña de su poesía. “Este amor de montañas que yo tengo, este amor de cosas naturales”, es la confesión que sirve de llave maestra para penetrar en el paisaje que el poeta va a glosar. Alguna vez el tono es ligeramente exaltado, como en “Transfiguración”:

“Montaña, corazón metálico,

puño de la tierra, roca ardiente,

cumbre enrarecida que desciende,

hecha canto de plata,

hasta la verde y dilatada planta”.

Pero lo más habitual en Iriarte será el tono menor, el rasgo fino del paisaje, y en seguida, en otra porción de su libro, el canto al amor y a las cosas de la intimidad conyugal, como “Ven a bailar conmigo”, que tiene ciertamente ritmo de danza, que acepta algunos intentos de rima asonante y que es, en fin, una excelente aproximación a la gran poesía que del autor podemos esperar. Otra forma de ella asoma, también, en “Los poetas”, donde Iriarte señala cuán ajeno a los verdaderos sentimientos del hombre es el juego de “los poetas de la muerte / vestidos de sepultureros”, entretenidos en cosas triviales, como aquella “luna de hojalata” que es, dentro del conjunto, un buen hallazgo.

Todo esto está, sin embargo, más balbuceado que dicho, y le hace falta el concurso del arte para elevarse del nivel informe en que yace hasta la plenitud de la obra lograda. Son, en suma, los materiales de que habrá de hacer uso el poeta cuando, olvidando la facilidad del menester poético del día, opte por la dura senda en la cual conquistaron títulos para la inmortalidad Lamartine y Vigny.