
Mario Ferrero, permaneciendo siempre fiel a su contradictorio estilo y a su imprecisa orientación, ha logrado en “Tatuaje marino” su mejor obra. Consta de 10 poemas, nueve “Cantos” y un “Mar Final”. El mar le sirve de fondo para tratar todos los temas, incluso los grandes y permanentes como el tiempo y la muerte engastados en la carnadura de las cosas cotidianas, que atrapa con fina sensibilidad. El mejor de los diez poemas es el canto “Cuarto”, que comienza:
“Ancud es un lágrima en el rostro de un niño,
una lágrima fina y temblorosa…”
Y más adelante:
“…y navegan tus dulces tejedoras
remando sin cesar hacia el olvido.
Ancud, hilo de plata,
campanilla celeste sobre el viento”.
Hermoso es también el canto sexto que termina afirmando:
“Y dejar que el vino crezca
como una torre escarlata,
mientras pasa el tiempo inmenso
velando en torno a las lámparas”.
“Tatuaje marino”, es sin duda un alzarse por sobre su anterior libro “La cuarta dimensión”, haciéndose más asequible, más sensible y menos cerebral. Pero todo esto siguiendo en su misma línea, estilo y posición, que contiene un trasfondo de las resonancias americana de Neruda y Vallejo y también un regusto a Vicente Huidobro y Pablo de Rokha del poema de las comidas y bebidas de Chile, especialmente en trozos del “Canto Sexto”:
“Aprendí a trenzar lazos en Ancud,
de topeadura, mientras corre el vino blanco
por la garganta reseca
y el olor de los curantos va coronando la tierra
con caldo de mar ardiente
y limones navegados al corazón de la lluvia”.
Reafirma también “Tatuaje marino”, la legítima lucha de Ferrero por depurarse de estas influencias y afincar un estilo propio y original, que se traduce no tanto en el tono travieso y juguetón que adopta en algunos versos, pues eso no es nuevo en la poesía chilena, sino en lo inesperado y repentista de las imágenes e ideas que acuña. Actitud que tampoco es nueva, ya que posee largos antecedentes, como lo señalaba Guillermo de Torre el año 25 en “Literaturas Europeas de Vanguardia”, encontrando antecedentes en la poesía castellana de varios siglos anteriores, en “Las Soledades”, de Góngora. Pero lo propio del estilo de Ferrero es el tono, los matices, el significado de estas imágenes inesperadas, adobadas a veces con la gracia y el humor que señalábamos. En este terreno el poeta ha logrado resultados propios y sus figuras sorpresivas, son generalmente de muy buena factura.
“Navegar siempre hacia el sur,
coronado de musgo y de gaviotas
cruzar los cementerio madereros,
y amanecer cantando en las bodegas
una copla que nadie aprendería”.
O bien este verso:
“Como un golpe en el pómulo del alma
duele el dolor ajeno en la carne propia”.
Pero a menudo también no tienen la gracia ni la belleza necesaria y se nota el forcejeo del poeta para lograr de todas maneras la chipa:
“Iluminado, el aire del poniente
con las ocho naranjas de sus cascos”.
O este verso:
“El mar y sus carbones titulares,
con su saco de sombras a la espalda
y el limonar cargado de rectángulos”.
Sin duda utiliza Ferrero la novedad, lo repentino, a través de la lucha contra la atmósfera irradiante de los grandes creadores de la poesía castellana actual para establecer su propio sello, su originalidad.
Olvidándose de muchos otros recursos para llegar a lo propio y original.
Pero dejemos en esta oportunidad de lado tales aspectos, veamos si la búsqueda de la originalidad es el valor central y el primer bastión que debe tomar el creador.
A nuestro entender no es esa la puerta ancha para penetrar en la gran poesía y lograr la obra trascendente. Hay otros valores más fundamentales. Por ejemplo la temática, el contenido del canto, a los cuales un estilo original, sin duda, puede contribuir a dar realce, siempre y cuando ese estilo no caiga en ángulos extremosos. Es decir, la originalidad es en sí misma, un factor secundario ante el tema, sin olvidarnos, de que también el contenido puede contribuir a otorgar originalidad en el estilo, como una interacción. Es decir, Ferrero ha tomado lo secundario por lo principal. Está gastando denodados esfuerzos, que no lo conducirán a los grandes resultados a que puede aspirar dada sus condiciones.
Esta es una actitud mental que el poeta de “Capitanía de la Sangre” debe cambiar. Esta búsqueda que racionalmente se ha impuesto, se refleja muchas veces en sus poemas, dando la sensación de ser confeccionados inteligentemente en desmedro de la espontaneidad, frescura y lozanía del “ángel” como gustaba decir García Lorca, que el poema debe transparentar, del primer al último verso. No es que estemos en contra de la inteligencia poética y prediquemos la absoluta espontaneidad. Lo que recalcamos es la falta de integración en un todo armónico de su sensibilidad y su inteligencia.
También quisiéramos señalar la condición humana, la vida concreta de las gentes de nuestro pueblo, que a veces pareciera asomarse en sus cantos con todos sus palpitantes problemas, pero se queda a medio camino, para dar paso de nuevo a los versos funambulescos:
“Todo es igual que ayer,
de siglo en siglo:
la catedral debajo de la cúpula
y a la orilla del mar el rancherío,
lloran de amor los pobres
y se pudren los bolsillos de los ricos.
Todo es igual que ayer.
Siempre el señor Obispo
con el cuchillo en el refajo angélico,
siempre el mercado con olor a pena
y el mismo fuego triste en el brasero”.
El poema sigue desarrollándose desolado y al final dos versos levantan una confusa bandera de rebeldía:
“Y un gran viento de sangre
hace temblar el ventanal del mundo”.
Pareciera como si la indecisión lo atormentara continuamente. Como si por instantes sintiera que el hombre y la vida lo son todo, que son en sí mismos más que el arte, y por consiguiente, constituyen el gran tema del arte. Y otros en que los juegos formales, la imagen perseguida tenazmente, construida, brillante e ingeniosa, se justifican como la esencia del poema, olvidando que debe estar en función del canto.
Todo lo que señalamos es reflejo de una inestabilidad conceptual, y una falta de profundización ideológica.
De lo cual también derivan la soledad y el desamparo que asoman a muchos de sus versos:
“Si no hubiera una gota de sangre
en que sentarse
un ladrido lejano en donde echarse a llorar,
solo, infinitamente solo y derrumbado
como los castillos del amanecer.
Si no hubiera una sombra donde colgar la muerte
un hueso calcinado
donde poner el alma a secar.
Si no hubiera una orilla en qué apoyarse
ni una calle olvidad donde tenderse a caminar
si todo fuera incendio y trizadura
siempre estaría el mar”.
Olvida que contra la soledad está la fraternidad del hombre y contra el desamparoo y la desolación, la solidaridad humana.