
Viendo la poesía de las nuevas generaciones no pocas veces nos hemos preguntado por qué siguen los jóvenes dando forma externa de versos a las proposiciones que lucubran. Abolida la rima, así sea asonante o consonante; suprimida casi radicalmente la acentuación por cláusulas rítmicas, ¿qué subsiste del antiguo verso? Nada. Es absolutamente igual poner en líneas completas o en líneas desiguales lo que contiene el poema, si se han suprimido o eliminado aquellos rasgos que constituían, en otras épocas, el arte métrica. Pero hay una excepción. Tenemos a la vista “Quince poemas” (Ediciones Alerce), de Miguel Arteche, y nos llama no poco la atención el rigor métrico de algunas de las composiciones de este autor. El cual, por lo demás, figura, por la edad, entre los más jóvenes. ¿Es de la generación del 38 o del 39 o del 40? No sé. Pertenezco a un grupo que no cree en aquellas agrupaciones de escritores, y a mí, por lo tanto, me parece vano y me deja indiferente el juego de los encasillamientos y de las definiciones anexas.
Por lo demás, la obra de Arteche vale por sí misma y no por los parentescos que pudieran buscársele. Desde luego, vemos en ella ciertas influencias hispanizantes que son por lo menos inesperadas. El primero de estos quince poemas, se titula: “Quevedo habla de sus llagas”, y se refiere al grande escritor del siglo de oro, sin disimulo alguno de la identidad, en su ambiente. El estilo de otras de sus composiciones conserva algo español. ¿Dónde reside la semejanza, de quién es la huella? Hay, desde luego, poemas dedicados a la eucaristía (“Pan”), donde vemos algo de conceptismo, sin perjuicio del uso insistente de la metáfora, que es, por lo demás, rasgo permanente de la lírica de lengua española, así en los clásicos de ayer como en los más recientes poetas de las últimas hornadas. En el caso de “Pan”, desde luego, la metáfora consiste en hablar de “ensangrentada harina” con referencia al cuerpo de Jesús crucificado.
Pero contiene este libro, a pesar de su brevedad, algunas otras cimas de excelencia. Nos parece que una podría ser, por ejemplo, “Navidad”, donde el autor junta por modo singularmente feliz los dos grandes hechos de la vida cristiana, el nacimiento del Salvador en el pesebre y la muerte en la cruz, pero ello no contado por él o narrado por un testigo cualquiera, sino por la propia madre. La audacia del rasgo ha sido coronada por el buen éxito, ya que el resultado es bellísimo. Veamos algunos versos:
“Inclínate, montaña: que no gima.
Protéjalo el planeta, y el rocío
se haga leche en su boca. ¡De rodillas:
que en este montoncillo no haga frío!”
Después, cuando las imágenes del gran duelo se van sobreponiendo en el espíritu de la madre, surgen las trascendentales interrogaciones:
“¿Van a escupir la miga de sus dedos
y a clavar este pan que está dormido
de mí, fuera de mí, pero pequeño,
umbilical y mío?
¿Van a horadar los pies de la azucena
y a morder sus rodillas
con tinieblas y hiel, donde te espera
una lanza que brilla,
donde talan un árbol, donde el mundo
unas manos se limpia
en vano de rojez? ¿No estás oscuro,
sol, sobre esta gavilla
de carne apenas? Si tu cuerpo pesa
la estatura de un hilo,
¿de dónde sacarán cruz tan pequeña,
copo recién nacido?”
Si examinamos estas proposiciones interrogantes, que se refieren a uno de los más augustos trances de la religión cristiana, fácil nos será descubrir en ellas sin perjuicio de su belleza, algo de incoherente y de dislocado. El poeta tiene a su disposición un material enorme, que le habría dado base, si fuera verboso como Víctor Hugo, para un poema de seis o siete cantos, cada uno de ellos compuesto de varios centenares de versos. Pero el ser verboso es rasgo que no condice ya a las leyes contemporáneas de la poesía y el poeta de hoy prefiere limitarse y estrecharse. Al decir, pues, que en “Navidad” vemos algo de incoherente y de dislocado, no condenamos propiamente al autor sino a la moda, a la tendencia, a la corriente en auge que ha hecho de la tartamudez un signo de estilo. Hoy el poeta odia la elocuencia en poesía y prefiere el grito inarticulado pero breve, tan breve que evita circunloquios.
Arteche es, a lo largo de estos quince poemas, un poeta muy de su tiempo; pero conserva, asimismo, algunas inclinaciones de los estilos de ayer, a las cuales se allega, tal vez, por sus lecturas. Una de ellas es, desde luego, la inclinación a componer sonetos, y no sonetos cualquiera, al desgaire, sino bien estrictos, como los hacía Argensola.
Oigámosle este (“El café”):
“Sentado en el café cuentas el día,
el año, no sé qué: cuentas la taza
que bebes yerto: y en tu adiós, la casa
del ojo, muerta, sin color, vacía.
Sentado en el ayer la raza fría
se mueve y mueve, y en la luz escasa
la muerte en traje de francesa pasa
royendo, a solas, la melancolía.
Sentado en el café oyes el río
correr, correr, y el aletazo frío
de no sé qué: tal vez de ese momento.
Y en medio del café, queda la taza
vacía, sola, y al través del asa
temblando el viento, nada más, el viento”.
¿Nota el lector en estos versos algo de vago y de impalpable, algo como alusión a hechos misteriosos, entrevistos, que el poeta no quiso diseñar más a fondo, con luz más cruda, con trazo más incisivo? Pues tenga por cierto que es uno de los grados de excelencia del soneto, desde los días clásicos, el que deje en el lector esa sensación vaga y dulce de misterio, rasgo de complicidad, en fin, en que delicadamente el poeta y sus lectores se reconocen, a la distancia, por medio del lenguaje críptico de los catorce versos, miembros de una cofradía de arte exquisito y solemne. El soneto de Arteche que hemos copiado es ciertamente admirable y día llegará en que se le estudie con alguna mayor profundidad a que por hoy no podemos aspirar.
Por lo demás, no está solo. En el mismo libro vemos otro, “Comedor”, donde se emplea el mismo sistema de alusiones a cosas, entrevistas e incorporales. El poeta visita una casa que fue suya ayer, y después de habernos llevado al recinto nos da a conocer, finalmente, su emoción:
“Busco el pasado entre en esta mesa:
las manos que no son y están, el mundo
que estuvo alrededor de este vacío.
Y al levantar de nuevo la cabeza
huelo todo el ayer, y aquí, profundo,
me encuentro a solas con la edad y el frío”.
Estas citaciones no habrán sido hechas en vano ni parecerán excesivas si el lector logra captar, al través de ellas, algo de lo que constituye el peculiar estilo de Arteche, la notación breve, alusiva, jamás insistente, tímida en el aspecto, audaz en el fondo; el uso de los símbolos sin añadidos postizos. La imagen de las manos que no son y están, por ejemplo, es hallazgo muy feliz para sugerir ciertas ausencias; y el estar a solas con la edad y el frío es el recto y condigno epifonema con el cual el soneto se corona. Sin él, el soneto, excelente en todo, podría quedar trunco como si, por impaciencia, el arquitecto dejara de colocar volutas en el capitel de la columna. Con él, en cambio, el soneto, cabal, perfecto, “arma la proa y zarpa” a conquistar el mundo.
Es, pues, ante todo el estilo, de brevedad insigne, el que mejor define la fisonomía espiritual de este poeta a quien hemos visto crecer en pocos años, ganar peso, equilibrio, ponderación, hondura, a lo largo de varios pequeños libros, desde “La invitación al olvido” (1947). Hoy, el poeta no olvida, sino que, al revés, viluntariamente recuerda, con emoción vivísima, algunos de los muchos misterios que cercan el alma del hombre, desde los propiamente metafísicos de la gana de vivir y el apetito de entender las cosas del orbe, hasta el misterio de la eucaristía, con la transubstanciación de las especies y el tránsito de la carne al pan y de la sangre al vino. Arteche es, hoy por hoy, el gran poeta eucarístico de las letras chilenas, si bien vive en el mundo y no viste sotana.