
El nombre, no se puede negar, está bien puesto. Toda poesía nueva, todo pensamiento nuevo, encuentra obstáculos, provoca resistencias, no se entrega al primer momento. Incluso puede resumirse de su novedad o de su falta de novedad por ese simple detalle. ¿Agrada a la primera lectura? ¿Todo el mundo la encuentra clara, fácil, grata? Mucho cuidado. Puede tratarse de poesía verdadera, capaz de durar; pero existen mil probabilidades de que, con la misma facilidad con que llegó, salga y, tan rápidamente como hizo la conquista, la pierda. También detrás del autor difícil y pesado puede ocultarse un gran majadero que las generaciones futuras, como las presentes, vomitarán; pero el caso de Rimbaud, de Mallarmé, de Proust, hacen pensar con inquietud. No solo el vulgo: las altas cumbres los rechazaban.
Y es que, en verdad, los contemporáneos solo pueden ser juzgados después, cuando dejan de serlo y se vuelven pretéritos, cuando entre autor y lectores se ha establecido el espacio necesario a la buena perspectiva.
No sé por qué se me figura que Armando Uribe está dispuesto a aceptar estas reflexiones y que no va a sorprenderle si su libro, su diminuto libro, sesenta y tantas páginas tamaño bolsillo, halla lo que anuncia: obstáculos.
“Ignoro todo en todo. Me pregunto
aquello que no tiene en la pregunta
más que su desnudez: un aposento
vacío no me dice nada: cuatro
paredes ¿o son tres? Descanso en cama.
Despierto y me pregunto: ¿dos? Me visto.
La dehesa contigua... Sumamente
arduo. ¿La luz, el grito? El agua corre.
Persona que descubre el día en forma
secreta, negativa: no es de noche.
La fe en sí mismo planta en los zapatos
los pies: las piernas crecen en seguida
bifurcadas: desgájase una astilla.
Duelen las uñas. ¿Saben dónde estamos?
En el comienzo del comienzo. Basta”.
El poeta quiere visiblemente hacer palpable la invasión de la duda trascendental, del desconcierto cósmico, en la vida más ordinaria, más de cada día y aun de cada hora. El ser nace todas las mañanas y considera el mundo. El Universo se le presenta incomprensible y las formas, a sus ojos, adquieren aspectos de pesadilla, le oponen terribles obstáculos. Resultado: lo ignoro todo. Habito un átomo de luz en medio de la vasta sombra y apenas me atrevo a moverme, como si hubiera desembarcado en otro planeta.
He ahí una actitud que promete.
Los zapatos, los pies, las piernas, la dehesa contigua, el despertar, el vestirse, hasta las paredes limítrofes adquieren, así, un aire extraño “y como soñado”, diríanse prontos a la desintegración o a seguir integrándose y convertirse en otros seres.
El diminuto volumen de Armando Uribe, rama desprendida del bosque de “los jóvenes laureles” que Roque Esteban Scarpa cultivó, se encuentra casi definido en esa composición inaugural, de exterior hermético, árido; pero cuyos límites crecen si se le aborda con ánimo cordial y entonces deja oír adentro una música esquiva, comenzante.