
Una nota puesta al final de estos poemas nos advierte que ellos forman parte de un libro inédito y que han sido escritos entre 1952 y 1958, por lo que corresponden a la misma época de la anterior obra de Arteche, “Otro continente” (Ed. Del Grupo Fuego, 1957). De los “Quince poemas”, uno figuró ya en la “Antología de medio siglo”, hecha por Hugo Montes.
Al elegir el material ahora publicado, no ha pretendido el autor guiarse por un criterio de unidad en los temas o en la forma. Más bien parece haber primado una rigurosa preocupación por la calidad, pues el nivel literario obtenido es excelente. Tal vez esta falta de unidad explica el simple título del libro.
En él las diferencias formales siguen un preciso paralelismo con la diversidad de asuntos, y en esta adecuación entre lo interior y lo exterior de cada poema encontramos uno de sus mayores méritos. Cada creación poética tiene aquí un indiscutible sello de obra realizada, no de esbozo; de pequeño universo suficiente; de expresión justa para la imagen contemplada, no de ciega búsqueda. Al leer estos versos nos queda la certeza –en cuanto podemos tenerla frente a la poesía- de que estamos oyendo la auténtica voz del poeta y no solo su rumor deformado por la pared de las palabras. Otra cosa será el concepto a que lleguemos sobre el valor definitivo de una u otra de estas visiones poéticas, pero ellas están ahí, logradas, definidas, ciertas.
Tal característica de los “Quince poemas” se concreta en su variada versificación. Predomina el suave endecasílabo, pero en cada tema desempeña distinta labor. Así “Quevedo habla de sus llagas” en noble y desnudo verso blanco:
“Me profanaron todo: hasta la muerte
apenas si fue mía. Luego algunas
manos distribuyeron huesos húmeros
difuntos de otras muertes, de otras vidas,
y en ellos revolvieron mi esqueleto
o la memoria de su cal deshecha”.
En “El viaje”, el endecasílabo es apenas mayoría y musicalmente es mezcla con otros ritmos:
“En medio de este viaje voy sentado
en la popa de un largo corredor,
oyendo tus palabras
a babor de la noche y a estribor del reloj”.
Otras veces disminuye, cambia su entonación e incluso desaparece. En la “Primera invocación a Nuestra Señora del Apocalipsis” y en la “Elegía por un niño muerto”, el verso se dilata y se recoge a un compás de versículo o de letanía. “El agua” llega a nosotros liviana, penetrante, con un sutil reflejo de Pezoa Véliz, a pesar de la métrica:
“A medianoche me busqué
mientras la casa navegaba.
Y sobre el mundo no se oyó
sin caer el agua”.
En esta variedad y en esta individualización de los poemas hay un cambio muy definido respecto de los anteriores libros de Miguel Arteche, y al decirlo pensamos sobre todo en “El sur dormido”. Era un rasgo distintivo suyo el tono suavemente elegíaco en una versificación amplia, libre, casi monocorde en su simplicidad. Su estilo tenía un indudable sello personal, pero sus obras se parecían en lo externo demasiado entre sí. Ahora, sin perder nada de la personalidad de su autor, muestran a esta como más rica y múltiple, como más acuciosamente consagrada a cada uno de sus poemas, a los que logra dotar de vida propia e intransferible.
Solo escasos reproches podríamos hacer en este aspecto a los “Quince poemas”, y nos adelantamos a decir que ellos no alteran la favorable impresión que nos produce este pequeño y auténtico libro de poesía.
A veces este nuevo deseo de rigor estilístico se transforma en marco de hierro, de excesivo paralelismo en su construcción. Ello ocurre, por ejemplo, en “Pan”, que comienza así:
“Olor a pan sobre la calle. Olor
a pan pisoteado en esta esquina.
Mientras el mundo escupe a un pan; olor a ensangrentada harina.
Sabor a pan que no llegó. Sabor
a salivazos sobre la colina.
Mientras el mundo busca un pan: sabor a ensangrentada harina”.
Tales extremos están demasiado en las antípodas de las anteriores obras de Arteche y, por contraste, exaltan su dominio del verso libre. Porque cada forma de expresión tiene sus propias dificultades, y así como nos parece absurda la pretensión de obligar a los poetas a seguir determinados cauces retóricos, creemos que si ellos libremente se someten a un modo tradicional no les queda otra alternativa que cumplir sus exigencias o superarlas con fuerza renovadora. En más de uno de los “Quince poemas” hay insuficiencias de este orden, como ciertas caídas en el ritmo o en la medida de los endecasílabos, que alcanzan un desagradable grado de concentración en los versos siguientes:
“¡Los pies, los pies vienen en viento y hacen
temblar la tierra como el embriagado,
como el otoño rojo entre los árboles
amarillos! ¡Madre, no más terror
en esta noche que del sol desciende,
para estas órbitas que el fuego rompe,
en esta cuna que el ácido lame...!”
Dentro de la variedad de temas y de facturas a que nos hemos referido y sin perjuicio del alto nivel general, algunos poemas se destacan por su belleza. Al enumerar tres de ellos (“Primera invocación a Nuestra Señora del Apocalipsis”, “El agua”, “El café”) solo pretendemos señalar obras de verdadero valor logradas con elementos disímiles, que van desde la sugerencia del instante o del hecho externo, aparentemente baladí, hasta la invocación trascendental, de aliento poderoso. ¿Y qué decir de ese villancico en tono menor (“Navidad”), de directa y eficaz emoción? Alguna vez habrá que estudiar el nuevo impulso religioso que está aflorando en la joven poesía chilena con una frecuencia y calidad que antes no fueron habituales.
Miguel Arteche nos tenía acostumbrados a poemas de soledad, de ausencia, de muerte, circundados por un nostálgico y lluvioso aire del sur. No podríamos sostener que tales temas lo hayan abandonado, pero no están solos y hay sí mucho menos evocación de nuestro paisaje sureño en estos versos de ámbito más variado, de mayor firmeza. La afirmación ocupa aquí el lugar de la vaga alusión. Continúan bajo otras formas, el fondo de nostalgia, la presencia de la muerte y una notable parquedad –que siempre ha tenido- para cantar en forma directa y personal al amor, lo que por cierto no es frecuente en la poesía lírica.
Los cambios que hemos señalado no implican en modo alguno roturas en el crecimiento poético de Arteche. Lo hallamos, por el contrario, en una etapa de madurez y de seguridad [expresiva] que confirma para él un importante lugar en la literatura nacional. Le ha correspondido crear cuando el esplendor de los más grandes poetas chilenos parecía [enceguecido]. Pocos son los que han resultado capaces de mantener una luz propia y diferente y Miguel Arteche es uno de ellos.