Las mejores poesías de Víctor Domingo Silva

I

Hace falta al cronista de libros, en Chile, una buena historia de nuestra literatura, una historia crítica e imparcial. Las que tenemos carecen de esas cualidades. Nadie lo ignora. O son un catálogo ditirámbico de obras y autores o contienen juicios necios con base de pasión política.

Esa historia hace falta al crítico de libros nuevos para dar a sus artículos unidad de acción, tendencia definida hacia una próxima o remota nacionalidad en la literatura.

Aseguran muchos que nuestros literatos y críticos viven pendientes, para enderezar su labor, del último libro europeo, ni más ni menos que como las señoras atisban, para vestirse, el figurín de  moda. Lo sabrán esos muchos, puesto que lo dicen, o al revés que lo mismo da.

Pero, entretanto, la historia, cuya ausencia deploro, sería la que pudiera decirnos lo que hay sobre este particular. Y en caso afirmativo, mostrarnos cómo esa sistemática imitación de lo extranjero se ha modificado al atravesar nuestro temperamento –diferente, como es natural suponerlo, del de otras razas u otros pueblos. La imitación, por servil que fuere, toma siempre una partícula de quien la buscó por ayuda de su talento, inhábil todavía para creaciones propias. Todos los literatos y todas las literaturas comenzaron imitando, y no hubo uno ni una que no terminara hallando en sus propias fuentes de inspiración un carácter personal. Indicios de esa línea imperceptible que lleva lentamente al genio de una raza, desde lo que no era totalmente suyo hasta lo que será algún día, puede darnos una buena historia de la literatura chilena. También podría decirnos que no hay nada de eso y que nuestra literatura es un bazar de libros sin afinidad ni semejanza. En todo caso, es una base de juicio la que hace falta.

 

II

Digo con franqueza que no sé cómo juzgar a don Víctor Domingo Silva, con relación a la historia de la poesía chilena. Este poeta es eminentemente criollo –a lo que me parece- más que otros por lo menos. Canta con la raza y la canta, con entonaciones propias. Es aquel en quien menos se advierten –por haberlas usado con mayor provecho, de seguro- las influencias extranjeras. Pero, mejor que yo, lo dice él mismo en la siguiente estrofa de su “Profesión de fe”, hermoso poema que debió ser el prólogo de su libro:

“Mi raza vive en mí, como yo en ella.

Quiero ser el poeta primitivo,

el que arrancó su horóscopo a la estrella,

el que, ceñidas de laurel y olivo

las vastas sienes, arrojó en la sombra

todos sus himnos en un haz de lampos,

y al tacto de sus pies tendió una alfombra

de milagrosas flores por los campos.

Quiero ser el poeta, hijo y hermano

de la tierra feraz, robusto brote

que se abre con el gesto de una mano…”

¿Quién hubo antes que él? Blest Gana, González…Puede ser. Mi ignorancia sobre este punto me hace decir que en Chile, hubo más bien poesías que no poetas.

 

III

Es sin duda alguna el más conocido y el más popular. Hará pocos meses hubo una encuesta. La revista “Zig-Zag”, preguntó a cada uno de sus lectores, quién era su poeta favorito. Las respuestas alcanzaron a miles y obtuvo el mayor número don Daniel de la Vega. Don Víctor Domingo Silva quedó segundo.

La encuesta es, sin duda alguna, una excelente manera de conocer el juicio de la opinión pública. Pero, cuando esa encuesta es patrocinada por una de tantas revistas, el juicio resultante no puede abarcar sino a sus lectores, o más bien, al propietario de un número de la revista, con derecho a recortar el cupón correspondiente. Es un juicio limitado, que las circunstancias pueden variar en mayor o menor grado.

En este caso, la circunstancia de ser don Daniel de la Vega, Redactor de “Zig-Zag”, y haber, en consecuencia, publicado muchos versos para solaz de los lectores de la dicha revista, le ponía en condiciones de ser más recordado por ellos. Evidentemente el señor de la Vega es también un gran poeta: de otro modo, no lo hubieran recordado, para bendecirle, sino para maldecirle.

Por su parte, el señor Víctor Domingo Silva se hallaba extraviado en los atajos sombríos de la política. Era una razón para que sus admiradores le olvidaran.

En resumen, que una encuesta general, llevada a cabo en circunstancias normales, daría el primer sitio entre los poetas chilenos contemporáneos, a don Víctor Domingo Silva.

Y de la popularidad a la gloria, no hay sino un paso.

 

IV

El editor de este libro no debió intitularlo, como lo hizo: “Las mejores poesías…” Seguramente, lo son; pero no convenía decirlo, mientras, en plena juventud, vive y alienta el poeta, a Dios gracias. Desde luego, es de presumir que con el tiempo haga mejores todavía. Y he aquí que el futuro historiador se hallará en un conflicto, entre su opinión personal y la del editor contemporáneo del poeta. Tampoco pudo decir, con absurda modestia, las peores…Si se hubiera callado sobre el particular, si no hubiera adelantado juicio, el acierto era seguro.

Este grueso volumen está dividido en cuatro capítulos. Contiene el primero “canciones de amor y de dolor”, entre las cuales no sabría escoger, la más sentida o la de más armoniosos versos. Tal vez “El Regreso”…De la intitulada “Acción de gracias”, copio las tres estrofas finales, que son una ingeniosa dedicatoria:

“Es hijo del corazón

este libro algo sombrío;

lo comenzó la ilusión

y ha de acabarlo el hastío.


Tómalo, pues, en ofrenda

de gracias. Dale tu palma

ya que él conoce la senda

que va derecha a tu alma.


Lleno de temor lo envío:

más si lo objetas, te arguyo

que si es tuyo es por ser mío;

que es bello, es por ser tuyo…”

En el segundo capítulo –“Voces de la tierra”- se destacan del grupo “Lo que me dijeron las espigas”, vigoroso canto elegíaco a la triste suerte del gañán, y “Bajo el sol de la pampa”:

“Aquí en la Pampa, donde el aire asedia

la piel, como un incendio; aquí en la Pampa

donde un beso interminable afecta

al proletariado que su mano estampa

sobre esta muerte viva, todo late,

con ansias de suplicio y de tragedia,

con fiebres de tragedia y de combate”…

Que es la grandiosa epopeya del rudo trabajo de las salitreras, con todo su cortejo de horribles dramas de soledad, tedio y miserias. Este sólo poema bastaría para dar a don Víctor Domingo Silva, el título de poeta de la raza.

Y hemos llegado, parece, a lo mejor de esta enorme y varia colección de canciones. Uno de nuestros primeros literatos, y seguramente un buen juez en achaques de versos, leía la otra noche en voz alta –que esta ventaja tiene los poetas por sobre los prosistas, en provecho de su fama y renombre- ante el silencio y admiración de los presentes, la oda “Mare Nostrum”. Nada más inspirado y de mayor vuelo –dijo.

“El Mar Mediterráneo es la ancha copa

de juventud con que se embriaga Europa


Mar de mito pagano. Aún se oye el coro

de heptacordios, y címbalos, y flautas

que, yendo en pos del vellocino de oro,

se daban a tañer los argonautas.


Flotan trémulos cantos de sirenas

en las brisas de exóticos países

y hasta sobre húmedas arenas,

se ven las huellas de los pies de Ulises


Mientras por las riberas del Egeo

los sutiles filósofos del Atica

van en los dulces ocios de un paseo,

desenredando su armoniosa plática:


hablando con un tono en que se advierte

la suavidad a la certeza unida,

del amor, del dolor y de la muerte

que es el principio de la eterna vida…


Ruedan por su cabeza descubierta

hojas de mirto, pámpanos, laureles;

y de su boca, en discurrir experta,

fluyen razones con sabor de mieles.


Y se ve de repente la galera

de la trágica Reina, cuya mano

hiere con un zarpazo de pantera

el corazón del general romano”.

Pero, ya he copiado poco y copiado demasiado. No me queda espacio para un reproche que –dicho se en tranquilidad de mi conciencia- pertenece al mismo literato anteriormente insinuado. La arenga –o como se llame-“Nuestro siglo”, que va al final de este volumen, es detestablemente prosaica:

“Siglo carnavalesco,

siglo funambulesco,

hórrido y pintoresco,

de gracia y de energía, de egoísmo y piedad;

siglo del sufragismo,

siglo del futurismo,

del parlamentarismo

y de las convenciones de la paz.”

 

 

Firmado como: Hipólito Tartarín.