Gabriela

Gabriela va rumbo al mar en demanda de tierras occidentales. Nombrada jefe de la Sección Letras por el Instituto de Cooperación Intelectual que funciona en París, llevará la representación de nuestra América a ese nuevo e importante organismo dependiente de la Sociedad de las Naciones. Y por una contradicción muy sugestiva, esta mujer –de ojos bellamente enigmáticos y de manos patricias que ofrece una sonrisa luminosa sobre dos surcos abiertos por el suspiro y por el llanto- se encontrará situada en la ciudad-vorágine, justamente por haber estado distante del tumulto de la vida; atenta, únicamente al tumulto de su propia alma.

La conocí en 1915. Nos puso en contacto el profesor Tagore, a quien Gabriela –entonces genio potencial- se había dirigido, anónimamente, en demanda de una semblanza grafológica y en completa ignorancia de aquella a quien se lo atribuía –gratificó con un adjetivo de adjudicación muy arriesgada: “corazón oceánico”. Supuesto de potencia afectiva y de capacidad cordial que, años más tarde, iba a ser refrendado por la propia poetisa que diría en su admirable “Credo”:

“Creo en mi corazón, el que en la siembra

por el surco sin fin fue acrecentado.

Creo en mi corazón siempre vertido

pero nunca vaciado”.

Gabriela volvió de Europa con el corazón perfumado por España. En una prosa que tenía la sencillez atormentada del alma de la artista y con una voz de opacidades sugerentes, hecha como para vibrar ante la llanura desolada, nos leyó unas páginas medulares sobre Castilla. Espíritus suspicaces, que todo lo supeditan al beneficio y a la utilidad lograda, pudieron atribuirlas a la acogida triunfal de la poetisa en la Península, sin reparar en que eran consecuencia del estupor ilusionado de una genial mujer, poeta salido de las nobles entrañas del pueblo, ante un pueblo, como el español, que es un gran poeta, uno de los grandes poetas líricos que la humanidad ha producido, y del contacto de un corazón –como el de Gabriela- lacerado por la casta obsesión del hijo, con otro corazón –el de la mujer española- que es la mujer más madre entre todas las de Europa. Y entiéndase como diferenciación; porque bien se me alcanza que en todos los pueblos alientan todas las condiciones morales y aparecen todas las tendencias del espíritu. Pero en proporciones muy desemejantes que son, justamente, quienes los individualizan. Y si la mujer francesa aventaja a la española en cautivante feminidad; y la inglesa en curiosidad geográfica y en sentido ciudadano; y la eslava en inquietud mística, en ansiedad de infinito y de belleza; y la germana en aptitudes para el manejo del hogar con ponderación y mesura; y no solo en sentido musical sino hasta en vehemencia en los estallidos de la pasión, la mujer de Italia –todas, sin embargo, cuando de instinto maternal se trata, tienen que cederle el paso a la mujer de la Península.

Aunque a primera vista la comparación resulte desconcertante, yo diría que el arte de Gabriela sugiere el de otra mujer que, en su época y únicamente por obra de genialidad, redimió un género, tantas veces prostituido, hasta llegar a aparecer en el acervo artístico de la Península, como uno de sus valores universales: el de Pastora Imperio. Hay, en los dos artes, como base pasión y violencia, destacándose sobre un fondo sombrío y amenazador en el cual se precisan el amor que es dolor –y la muerte.

La austera grandeza de estos misterios de una gravedad casi litúrgica a la danza de Pastora, que se singulariza por que la maraña de nuestra emoción la va tejiendo y destejiendo, la danzarina, casi únicamente con sus brazos –como impregna también de una esencia, a la vez mística y desoladora, el cálido soplo que nos echa al rostro, Gabriela nuestra poetisa.

Los ojos de ambas –de una tonalidad maravillosamente inexpresable- son enigmáticos y cambiantes, como el color del mar. “Cuencos llenos del agua que la noche roba a las estrellas, claros, azules, verdes y grises, sus ojos brillan con el suave fulgor de un constante amanecer” –dijo, bellamente. Prado, de los de Gabriela.

De los labios de Romero de Torres, que hizo el retrato de pastora, recogí la impresión de su desconcierto ante la tarea –que llegó a suponer irrealizable- de fijar en el lienzo el colorido exacto que lleva en sus pupilas, Pastora, la gitana.

Hay en ambas geniales mujeres, potencia creadora –ya que han logrado dar espíritu a la materia de su arte- y más de una afinidad estética. Como pudiera demostrarse situando en la boca de la Imperio –como en el más adecuado emplazamiento y donde alcanzaran su máxima eficacia emotiva- estos versos de Gabriela que tienen la vitalidad potente de una maldición gitana:

“Pero te va a brotar víboras

la tierra, si vendes mi alma;

baldías del hijo, rompo

mis rodillas desoladas…

Si te vas y te mueres lejos

tendrás la mano ahuecada

diez años bajo la tierra

para recibir mis lágrimas,

sintiendo cómo te tiemblan

las carnes atribuladas,

¡hasta que te espolvoreen

Mis huesos sobre la cara!”

A este vigor, casi primitivo, en su literatura, a este ímpetu sublimemente bárbaro en la expresión de sus emociones; a esta carencia insólita de prejuicios sociales –explicable, sin embargo, en una mujer que, para asegurarle el vivir, tuvo que regar con sangre de su propio corazón la flor de sublimidad que sentía nacer dentro de su pecho- opone Gabriela, en la realidad de las horas cotidianas, una maravillosa serenidad, un expresado horror a todo criterio de violencia, unas actitudes que aunque siempre ajustadas a distinción y a armonía fácilmente se descubren como que ayer fueron tímidas; y una sonrisa fugitiva y silenciosa que en su rostro –habitualmente severo y sin la elasticidad, consecuencia de los insistentes gestos- tiene la gracia luminosa y cándida de un amanecer.

Esta aparente disconformidad entre la poetisa y su obra, trae a la mente la sagaz observación de Menéndez y Pelayo: “El poeta, en su calidad de tal, tiene algo de irresponsable como los reyes de las constituciones modernas”.

Bien quisiera añadir a estas impresiones intuitivas sobre Gabriela, otras en las que estuvieran confundidas mi admiración ante las proporciones asombrosas de su mundo poético y mi emocionado afecto por esa alma de mujer que, con genial obstinación nostálgica, ha logrado acentos de ternura cual nunca brotaran de entrañas removidas por el milagro del hijo. Porque el secreto de la universalidad de Gabriela y de su ascendiente sobre todo linaje de espíritus, hay que ir a buscarlo en la intensidad cordial con que a todos nos taladra y que acertando a convencer de: “así estoy hecha”, acierta a convencernos de que la multiplicidad infinita del dolor es reductible a un tipo único de corazón dolorido.

Hoy, en esta alma atormentada, aparecen mayores posibilidades de infinitud. Porque a las inquietantes y torturadoras interrogaciones sobre el más allá se ha dado la consoladora y balsámica contestación ortodoxa. Y porque ha hundido las raíces de su ávido realismo en el mundo espiritual, que no es solamente una realidad viva, sino –como dice Bourget- la realidad por excelencia.

 

Firmado como: Ginés de Alcántara.