
El título es acogedor, cobijante; espera al ensueño y a la meditación con los brazos abiertos y los invita a vagar por las rutas inefables donde se les hará encontradiza el alma lírica de la raza.
En el zaguán del libro nos sonríe el poeta.
No hay duda –se lo leemos en los ojos- que no nos esperan delicuescencias, ni desplantes, ni estudiadas reservas de “incomprendido” ni de “turrieburnista”.
Don Samuel Lillo, uno de los más representativos poetas de esta tierra, uno de los hombres de más fino y escogido espíritu, que nunca, ni aun cuando fue prócer en la enseñanza, apareció en actitudes desafinadas o irritantes de “personaje”, añade en este libro una fase nueva a su fisonomía moral doblemente atrayente y siempre admirable por su grande ingenio y por su gran modestia.
Porque la suavidad, la amabilidad caballeresca, la ininterrumpidamente benévola dulzura del poeta en la vida, se convierten en grandilocuencia –y en grandilocuencia épica- cuando, con clásico andar, camina en la literatura.
El imperativo patriótico y el elemento acústico o musical le son inseparables.
“Bajo la Cruz del Sur” es un libro de alta hermosura, que revela una personalidad poética de rara distinción espiritual.
“De nuevo entraba al reino del bien y la belleza
y el amor a los seres y a la naturaleza
reanimábanle el alma con su gran fuerza viva
haciéndola como antes dulce y contemplativa”.
Don Samuel Lillo habla aquí pensando en uno de sus personajes.
¿Dejarían de convenir estas palabras si el poeta las aplicara a su propia alma?
Firmado como Ginés de Alcántara.