
“Un pino pretencioso se retuerce el bigote para enamorar a la luna empolvada”.
“Una golondrina trajo la noche en las alas como en un sobre, y se puso a leerla en el campanario lo mismo que una carta”.
Y es de preguntarse: ¿por qué este “Pescador de estrellas” no enfiló la quilla de su lírico bajel hacia otras latitudes en que Schoemberg y Stravinsky hubieran acogido, para musicalizarla, la maraña tentadora de esas frases revolucionarias?
Aunque a ese barco lo empujan vientos de fronda y de tempestad, lo vemos encallado, en nuestro diminuto océano literario, entre arrecifes de incomprensión, escollos de “buen sentido” y rocas de prosaísmo.
Este “Pescador de estrellas” pesca un astro caído entre glaciares.
Las voces de los tripulantes del navío –artistas vigorosos, jóvenes y audaces- rasgan, en represalia, el aire que respiramos, con la honda de David.
Y aunque no siempre nos alcance en la frente la pedrada, nos llega el iracundo grito: “¡filisteo!”
Nosotros, lectores que ponemos nuestra compensación a tanta forzada y anodina lectura, en descubrir, donde se halle, la belleza, acogemos, no solo sin resistencia, sino con fraternal simpatía, estos poemas maravillosamente vestidos –nítidos caracteres tipográficos, grabados en madera, densos de simbolismo- que no son, si bien se los mira, sino un renovado sueño de Jacob.
Y aunque solo sea la Jerusalén del Arte, no nos creemos con derecho –y menos en nuestra época, henchida de todas las posibilidades- para despertar a quienes están ¿soñando? que han tendido una lírica escala para subir al cielo.
El libro es de una belleza bibliográfica como nunca, en obras de tal precio, la han producido nuestras prensas.
Firmado como Ginés de Alcántara.