
Acaba de aparecer una nueva antología, “La poesía chilena moderna”, firmada por el profesor de castellano don Rubén Azócar. Como el libro que me va a ocupar en seguida, dice en su prólogo que está destinado a ser una obra de consulta para los Liceos, Institutos y Escuelas Normales, creo conveniente la publicación de estas líneas destinadas a puntualizar los graves defectos de que adolece el libro, la falta de orientación adecuada de su autor, el espíritu tendencioso que lo anima, unido a vacíos que necesitamos, ante todo, salvar.
“La poesía chilena moderna” no sirve para los fines que indica. No es, en primer lugar, un aporte nuevo, destinado a fijar los hechos principales en el desarrollo de nuestra literatura. Calcado su plan de “Nuestros poetas”, la interesante y serena obra de Armando Donoso, no agrega nada sustancial, por el contrario, tiene la desventaja de su crítica arbitraria, la falta de ponderación en la clasificación y separación de los valores. Agréguese a esto la ausencia de toda objetividad, la caída constante en un subjetivismo imprudente, subjetivismo que se resuelve en opiniones personales que quitan al objeto toda eficacia. Al escribir de este modo, no queremos decir que el autor deba rechazar todo juicio propio, pues, la naturaleza de la materia que le ocupa exige una labor de crítica, un trabajo de selección y de clasificación, un esfuerzo de su pensamiento para deducir del cúmulo de hechos la unidad que los domine. Pero criticamos, naturalmente, la actitud de don Rubén Azócar que es otra, y por su significado, particularmente peligrosa.
El autor de “La poesía chilena moderna”, no ha sabido colocarse a distancia de los poetas que enfoca, para que sean ellos los que hablen con sus sentimientos, ideas y deseos. No se puede admitir que se les juzgue desde un punto de vista subjetivo, dejando de lado lo que aconsejaría una mínima prudencia, esto es, que los juicios han de inferirse de la misma exposición de los hechos. Este error de método, explica sus vacilaciones al estudiar el primer período (1888-1905) y que rechace sin más ni más, a dos elementos que contribuyen a darle su fisonomía: Diego Dublé Urrutia y Samuel Lillo. Los nombra, es cierto, pero no los incorpora al movimiento que estudia, hecho, digamos de paso, con espíritu demasiado ortodoxo.
A don Rubén Azócar se le escapa con frecuencia esto: que el estudio de nuestros poetas ganaría mucho más al seguir de cerca su evolución, las influencias con sus contradicciones y luchas, las transformaciones sufridas, todo lo cual haría más transparente el conjunto, más relativa, como debe ser la valoración rígida que aparece en su libro. Es que don Rubén Azócar se encandila con la producción posterior a 1920, y esta circunstancia es tan cierta, que pasa por alto en la anterior el significado de Gabriela Mistral, en la poesía chilena de todos los tiempos, el poeta definitivo que aun no ha sido superado. Tampoco esclarece la influencia de Pedro Prado, ni define como debe su reacción contra el verbalismo lírico.
En estas breves notas no podemos decir todo lo que deseamos. Sin embargo, apuntemos la omisión de Carlos Acuña. En este círculo, como él dice (1905-1920), deja de lado a Julio Munizaga y a Alberto Moreno, poetas que no valen menos que Romeo Murga o Raimundo Echavarría, que cuidará de incluir en el círculo siguiente.
Contrastan estas eliminaciones con la profusión de que hace gala en el período que inicia en 1920. En este no hay ni un intento de orden. El espíritu crítico cede ante la simple información, se pierde toda relación y toda visión de conjunto, se concreta apenas a registrar datos y se traba con un montón de particularidades. Aquí falla, más que en ninguna otra parte, el propósito orientador. No advierte si tal o cual poeta representa algo pasajero o algo durable; si la actitud anti-romántica de la poesía nueva es más bien aparente o si guarda, como creemos, un parentesco estrecho con el romanticismo, y si constituye una acción o una reacción, esto es, un progreso o un retroceso.
Don Rubén Azócar no lo ha podido hacer por una razón sencilla, porque para ello se requieren condiciones de imparcialidad que está lejos de poseer, mejor todavía, el estudio de todo el proceso evolutivo, como dijimos, en forma objetiva. Es preciso ver con claridad, es decir, en forma distinta, los límites y particularidades de tal o cual movimiento literario. Lo que salta a la vista en su debilidad para construir, parte de un pequeño grupo de ideas, insuficientes para dominar con ellas las oposiciones y abrazar sintéticamente el conjunto completo.
Desde 1888 hemos sufrido numerosas modificaciones en el campo literario; [de] esto no duda don Rubén Azócar, pero no echa de ver que muchas fases que suponemos lejanas, lejanas exteriormente, permanecen, sin embargo, en el interior del movimiento y que gravitan, quieras que no, en las direcciones literarias del presente. Todo esto hubiéramos deseado encontrar en “La poesía chilena moderna”, por lo menos en su prólogo. Nuestras expectativas no se cumplen. Estamos frente a un libro pobre en directivas, negativo en esencia, débil en apreciaciones, lleno de lagunas y de errores.
En el prólogo de “La poesía chilena moderna”, llama la atención toda una serie de admirativos y de interrogantes colocados al margen de ciertos títulos de obras o de ideas. Creemos conveniente señalar esto por la falta de seriedad que implica. Una idea se destruye con otra idea, un juicio con otro juicio. Los interrogantes y admirativos están fuera de lugar allí.