Para una antología

Con un interrogativo que Rubén Azócar desliza en una de las penúltimas páginas de su libro, hemos de comenzar nuestro comentario a su antología “La poesía chilena moderna”.

Dice Azócar hablando del grupo “Los Diez”: “Fue una comunidad de artistas que, como los de L’Abbaye, representó en Chile un interesante papel de vanguardia (?) artística”.

El lector de no mala memoria que crea que vale la pena perder el tiempo en estas divagaciones acerca de la poesía recordará también cómo en una época no lejana de la nuestra, y con motivo precisamente de la publicación de una antología, se descargaron sobre ese grupo de “Los Diez”, cuyo vanguardismo se pone hoy tácitamente en duda tras la sonrisa irónica de un interrogativo, todas las iras de cuantos se sentían a sí mismos guardadores de la tradición y del buen gusto.

La Pequeña Antología de Poetas Chilenos Contemporáneos” fue publicada por “Los Diez” en 1917. Si hojeáramos los diarios, periódicos y revistas de aquella época, escucharíamos todavía el lírico rumor de los denuestos que llovían desapaciblemente sobre quiénes se habían hecho sospechosos de haber participado en alguna forma en la confección del breve florilegio.

Sin embargo, todo era allí medido, parsimonioso, correcto. El prologuista Armando Donoso, terminaba su introducción con estas serenas y atinadas palabras: “Cada uno aporta la novedad de tener algo propio que expresar, que no oculta tras abigarrados arreos verbales; que por algo sentimos tan distantes a los ágiles versificadores que otrora cautivaron nuestros entusiasmos. Es de lamentar solamente en muchos de ellos que la reacción contra los rimadores fáciles les haya llevado al otro extremo: al de la negación de toda belleza rítmica y de todo interés en el estilo. Las ideas y las emociones estarán mañana más cerca de nuestra sensibilidad, mientras mayor sea el atractivo del vaso que las contenga. ¿Por qué negar entonces esa belleza que no es más que un modo de expresión, como la nota en el canto, la cuerda en el instrumento y el color en la tela? Si la emoción estética ha de ser perdurable donde haya armonía, ¿por qué tratar de destruirla? ¿Por qué no conservar toda sensación de belleza en el cristal de una forma pura?”

A pesar de tales postulados se censuraba con actitud insólita una antología (estábamos en 1917), considerándola, más que anunciadora del caos, el caos mismo. Hoy, al grupo que la ahijaba, empiezan los nuevos últimos a sentirlo reaccionario. La moraleja no es de lo más consoladora. Debe meditar en ella Rubén Azócar que bautiza moderna a su antología y comienza desterrando de ella a quienes en Chile se cuentan entre los iniciadores del movimiento moderno. Hemos nombrado  a Antonio Bórquez Solar y Diego Dublé Urrutia.

Con Antonio Bórquez Solar penetra en Chile algo de ese delirio verbal que nuestros últimos poetas han llevado a su desarticulación máxima. Diego Dublé Urrutia significa la gracia humilde del paisaje chileno hecha sencilla y noble poesía.

¿No gusta a los jóvenes de hoy?

Es lo de menos.

Una antología que aspira a presentar a la juventud que se educa en las escuelas la trayectoria histórica de un movimiento poético debe mostrar, más que una codificación de juicios hechos, dogmáticos y contundentes los elementos objetivos y necesarios para que ese juicio pueda llegar a formarse. En el olvido de esta verdad tan sencilla encontramos el vicio radical y definitivo de la antología de Rubén Azócar. En vez de ser una buena información mediante cuyos derroteros pudiera llegarse a la confección de trabajos personales de investigación por los jóvenes a quienes está destinada, encontramos en ella la actitud del combatiente que, desde su fila, agita su bandera entusiasta dispuesto a arrasar con todo lo que no signifique incondicional aceptación de los nuevos dogmas poéticos. Combate, viejos prejuicios y rutinas antiguas para inaugurar nuevos prejuicios y rutinas novísimas.

Las exclusiones ya mencionadas constituyen un ejemplo típico. ¿En qué forma las explica el autor de la antología? En forma muy sencilla. En alguna parte dice incidentalmente: “Y los verdaderamente meritorios, Pedro Antonio González, Carlos Pezoa Véliz, Julio Vicuña Cifuentes, Francisco Contreras, a quienes habrá de distinguir de Samuel A. Lillo, de Antonio Bórquez Solar, de Diego Dublé Urrutia, de Miguel Rocuant, tan espesos, tan repetidos, a pesar de su largo entrenamiento lírico. No se puede desconocer, es cierto, el papel importante que tuvieron ellos en la disciplina literaria de su tiempo y, es natural, son el nexo de dos generaciones”.

Y no basta, para justificar juicios tan rotundos y definitivos, [con] que el autor censurara seguramente en los viejos dómines de inhumana palmeta, que se nos diga en nota al pie de la página que el lector puede hallar en la bibliografía “los datos necesarios para encontrar manera de conocer de cerca la producción de los poetas que no van incluidos en la antología”. Los datos de la bibliografía pecan por su exceso de vaguedad, imprecisión y esquematismo. Y así quedará el joven estudiante sin tener una idea de lo que significan Antonio Bórquez Solar y Diego Dublé Urrutia en la evolución de la poesía chilena. Su visión naturalmente será trunca, parcial, incompleta. Porque Bórquez Solar no es solamente el autor de esos versos de un estrafalario verbalismo que señalaba Donoso en la introducción de la recordada antología y que el mismo Cabrera Guerra censuraba cordial y fraternalmente en el prólogo de “Campo Lírico”. Comparemos la famosa estrofa con una décima, cualquiera, de “Los Huelguistas”.

La diferencia está patente. Veamos:

“En tu hermoso jardín marino

donde hay astreas y tubiporas,

donde el ofluro que es una estrella

junto a la fucsia a dormirse vino

un cariofilo sangre de auroras,

pezón del seno de una doncella

que hace mil años hirió un delfín

hace mil años que está soñando

de cien canciones el eco blando

muy tristes sueños en el jardín”.

Es un fugitivo halago verbal que nada significa y detrás del cual nada queda. No es lo mismo el caso de “Los Huelguistas” donde el tema patético y rojo daba pretexto para una declamación truculenta, vulgar y populachera. El tono es recio, fuerte y viril. Pero en ningún momento pierde su alta dignidad de poesía honda y humana. Es el dolor sincero de un hombre por la muerte trágica de otros hombres. Tomemos una estrofa:

“Y allá van los veinte muertos

cuyas sangrientas heridas

para clamar por sus vidas

llevan los labios abiertos,

y aunque están ya todos yertos

en la pupila que brilla

hay un fulgor de cuchilla

y hay amenazas de huelga

en cada brazo que cuelga

detrás de la barandilla”.

Estamos ante el germen de un fuerte poeta civil malogrado en inútiles juegos malabares inferiores a su talento y a su disciplina mental. Pero [veamos], ya que estamos en “Los Huelguistas”, la décima que sigue a la visión espantosa del brazo muerto que amenaza. Es una pincelada de ternura que viene a suavizar el horror de la tragedia. Dice:

“Muda la ciudad reposa.

Desde los cerros al mar

viene la niebla a llorar,

más humana y más piadosa

sobre el dolor de la esposa

en tan tristes funerales

y son los blancos cendales

de la neblina que baja

la fría y blanca mortaja

de sus despojos mortales”.

 

Pasemos a Diego Dublé Urrutia. Pueden en él señalarse etapas que, todo lo discutibles que se quiera, son siempre de un poeta. Hay en él la visión del paisaje, la emoción civil, la busca anhelosa de sí mismo, la inquietud religiosa, la aspiración de lo divino. Desde el comienzo se vio en él a un poeta que dominaba la forma, que decía cosas nuevas llenas de gracia, pero sin quebrarle al verso su clara resonancia. Podrían darse ejemplos. El comienzo de “La Procesión de San Pedro”:

“¡Junio! Mes de las aguas, mes de las brisas,

mes en que hacen los pavos su testamento

y en que las rubias ostras –monjas clarisas-

rompen la celda nácar de su convento;

mes que envuelve en corrientes y camanchacas

las solitarias islas del mar amargo

y en que si el pasto verde sobra a las vacas

también está la muerte de mantel largo;

hoy es tu último día lo dice el tono

de las campanas ebrias y el grito humano

con que sale a pesca con su patrono

todo lo que hay de bobos en Talcahuano”.

El poeta es un pintor que ama los tonos y matices del paisaje y los hace vibrar en su verso alegre y voluptuosamente. Ya lo hemos de encontrar más tarde preocupado de seguir a una estrella que nadie conoce:

“…pero existe, como existe bajo el mudo mar la perla,

como oculto en playa oscura quien delira por cogerla,

como el genio en tanta frente que derriba el desencanto.

Y es la lumbre de esa estrella, como el alma luminosa

de aquel sabio cuyo nombre nadie sabe y cuya fosa

ni aún conocen las alondras que la alegran con su canto”.

Hay que llegar a “Fontana Cándida” para encontrarse junto al poeta que duda, interroga, tiembla sin quebrar por ello la línea impecable del verso. Oigamos:

“Y duermo… y en el sueño

me pregunto: ¿quién soy?... ¿quién me conoce?

¿Estoy despierto o sueño?

¿Es crimen, es mentira

el placer que me aflige?...

¿[…] el dolor que me inspira?...


Y alguien responde: acaso

el ángel bueno que me guarda; el malo que me perturba el paso;

Dios mismo; acaso Cristo,

por la boca del lodo en que resbaló o el lirio que conquistó…

Y el dictamen oscuro,

bajo el aire celeste, en la vigilia,

deformo o transfiguro

en dádiva secreta;

en salmo de esperanza a la familia,

al amigo, al poeta;

en hieles del despecho,

en áspid que amenaza por la espalda

y me emponzoña el pecho.

En un meditar solo

o en hoja y flor que en ática guirnalda

tiendo a los pies de Apolo…

Ya aletazo aquilino

toca mi ciega frente y va a los vientos

el chorro cristalino:

Milagroso fantasma

que enloquece a los pájaros sedientos

y a los árboles pasma.

Ya mi ala a Dios exaltó

y mi pluma se inflama como loca

en su fanal más alto.

Ya mi bordón requiero

y no aquieta mi labio hasta que toca

la sandalia de Homero.

¡Tu cielo azul, tus lares!

¡Patria! ¡Nevado monte! ¡Casa vieja!

¡Roble de mis cantares!

Que tu amor me apacigüe,

quiero ser en tu rama dulce abeja,

solitario copihue…

Y tú, que el agua acreces,

del mar en que me esperas con tu llanto,

¡madre!, ¿no fui mil veces

golondrina en tu alero;

Rey mago en tu pesebre;

en tu quebranto serenador lucero?”

Vienen después “Noche amalfitana” y otros poemas que no se han reunido todavía en un libro, con sensible y evidente pérdida para las letras castellanas, que siguen mostrándonos las dos fases cardinales de la inspiración de Dublé: el enamorado del paisaje y el hombre que busca su alma.

Llega hasta aquí lo que podríamos decir al margen de los excluidos. No vemos, en realidad razón alguna que justifique la determinación del autor de la antología. Tendríamos que colocar frente a ella el mismo signo interrogativo que guiado por su mano, se pasea nerviosamente a través de las páginas de su libro.

El autor podría replicarnos: Pero, según mi criterio, esos poetas son “tan espesos, tan repetidos, a pesar de su largo entrenamiento lírico”. Está bien. Pero son precisamente los fundamentos de ese criterio los que se trata de demostrar. Pedro Antonio González, por ejemplo, no está excluido de la antología, ni podría en justicia estarlo, a pesar de que el autor habla del “encanto tan artificioso y banal de sus tripentálicos, de su lenguaje absurdo y de baratija”. ¿Por qué, entonces, figura González? ¿Por qué es el iniciador? Está bien. Pero Bórquez Solar y Dublé Urrutia representan otros matices, nada desdeñables, de esa iniciación. Hoy nadie sigue a Bórquez Solar ni a Dublé Urrutia, se responderá. Es cierto. Pero nadie sigue tampoco a Pedro Antonio González. Y no se trata de valorar a los poetas por sus secuaces, sino por lo que real y verdaderamente han significado por su obra dentro de la evolución de nuestra poesía. Es, me parece, el único punto de vista compatible con quien quiere llegar a establecer una jerarquía de nuestros valores.

En Bórquez Solar, ya lo hemos visto, predomina la lujuria verbal sin que por ello estén ausentes de su poesía las grandes preocupaciones humanas que estallan en un hondo y viril grito de protesta. En Dublé Urrutia señalamos el amor al paisaje y el descubrimiento de un mundo interior que muestra su inquietud a través de una forma serena.

Tal vez ha sido causa de estos dos graves errores la obediencia ciega o incondicional a un criterio equivocadamente llamado de vanguardia que, a pesar de sus alardes y gesticulaciones libérrimas, no es sino una nueva esclavitud. Así como existe la beatería de los que se proclaman guardadores de una tradición que no conocen ni comprenden, hay, por desgracia, la beatería contraria que consiste en creer que todo lo pasado es malo y que solo lo que hoy se escribe puede interesar al presente y al futuro de la humanidad. Pero los hombres de mañana, que habrán inventado otra vanguardia, tendrán por los vanguardistas de hoy la misma sonrisa humorística y compasiva que estos tienen por los modernistas de ayer. Y, como habrán llevado su estridencia a un extremo más exagerado, acompañarán de quién sabe qué apocalípticos sarcasmos los interrogativos que pongan frente a la obra de los que hoy, ingenuamente, creen ser, por antonomasia, la vanguardia.

¿Cuál ha de ser entonces, el criterio para formar una antología? Algo hemos visto examinando las exclusiones del libro de Rubén Azócar. Avanzaremos más si estudiamos las inclusiones.

Es lo que haremos en un artículo próximo.