
Sin duda, el que quisiera hurgar en los pequeños errores de que “La poesía chilena moderna”, antología de Rubén Azócar, está plagada tendría que disponer de un tiempo y de un espacio del que nosotros no somos dueños.
Pero, de todas maneras, y sin referirnos a cada caso particular, habrá que culpar de ellos, para evitar su repetición en futuras ediciones, al espíritu un poco ligero que guía al autor en una obra, que por su ambición y el fin a que está destinada, no puede hacerse como una precipitada improvisación sino que, al contrario, debe obedecer a convicciones y conocimientos propios y directos obtenidos en una frecuentación personal y directa de los autores y libros de que se habla y se opina.
Así, y solo así, puede llegar a formarse una norma de selección que sirva de criterio al plan general de una antología.
Emprender la labor lenta y pesada de una fe de erratas de la antología de Rubén Azócar, sería acaso un trabajo mayor que el gastado por el autor en la ordenación y publicación de su libro. Se lo decimos franca y rudamente porque en él reconocemos un espíritu de justicia y un amor por la cultura que pueden llevarlo a la ejecución de obras que estén más de acuerdo con su temperamento y sus aspiraciones de entregar a la juventud chilena un libro que tienda a darle una orientación sobre la trayectoria que, a través de su evolución ha seguido nuestra poesía.
El tema es incitante y quien lo trata reúne condiciones especiales para abordarlo dignamente. Profesor, poeta él mismo, hombre que ha mirado desde lejos el torbellino literario, pudo dar cima a una obra de absoluta necesidad y urgencia entre nosotros.
No puede decirse todavía que haya estado cerca de la realización de este anhelo. Si, hasta en su etimología, una antología es la selección de la flor de la vida literaria de un país o de una época. Rubén Azócar no ha procedido ahora con la amorosa paciencia que conduce al término amable y sereno de obras de tal naturaleza.
Se nota en este libro el jadeo por terminar una labor a plazo fijo, sin comprobar sus afirmaciones, sin reparar en los datos recogidos, sin someter los materiales encontrados a la lenta y clara selección indispensable para que la obra pudiera llamarse una antología.
Y así aparecen esos versos descoyuntados y rotos, porque se les ha cambiado un tiempo verbal, por que se ha quitado o agregado palabras; esos títulos de libros o de poemas que no corresponden a los que sus autores imaginaron para ellos; esas estrofas que han perdido dos o tres versos en su tránsito de una página a otra. Esto, en lo que a la factura material del libro se refiere.
Desde un punto de vista crítico son más graves las objeciones que pudieran formularse. Así, al hablar de Pezoa Véliz y de su admirable y breve poema “Tarde en el hospital” (que Azócar llama por tres veces “Tarde de hospital”) dice, sin entrar en mayores explicaciones: “El poema “Tarde de hospital” es una versión española de uno de los poemas de “Fatalita”, libro de Ada Negri”.
He aquí el ejemplo preciso de la manera en que nunca debe proceder un crítico, máxime si, como en el caso actual, aspira a orientar a la juventud que se educa en las escuelas y liceos del país.
No vamos a hacer un alegato sentimental para defender el buen nombre literario de uno de los más grandes e incomprendidos poetas de Chile. Pero nos detendremos a fijar unos cuantos puntos para hacer ver cómo, por lo menos, es discutible la afirmación perentoria y definitiva de Rubén Azócar.
Está ya dicho en todas partes, por quienes fueron sus amigos y contemporáneos, que Pezoa Véliz fue un hombre de una escasa y pobrísima formación intelectual. Habría entonces que plantear la cuestión: ¿conocía Pezoa Véliz la existencia de Ada Negri? Asunto problemático y más que difícil. Personalmente he realizado la encuesta con algunos de sus compañeros (Guillermo Labarca Hubertson, Ernesto Guzmán, Ignacio Herrera Sotomayor). Todos me han respondido negativamente.
Otra circunstancia: los versos de “Tarde en el hospital” expresan un estado de ánimo íntimo y personalísimo. Frente a la muerte que se acerca son la rima de un alma sin voluntad con la lluvia que cae “fina, grácil, leve”. No era momento propicio para entregarse a una labor de calcomanía literaria. Era la exhalación de un alma que se vertía en cuatro estrofas puras y perdurables.
Con todo, quiero creer que más razones en defensa de Pezoa Véliz no convencen, a pesar de estar ya íntimamente penetrado de ellas. Pero, ha habido por mi parte un intento de reconstrucción de la época, del ambiente, de los hombres para llegar a formarme un juicio.
Rubén Azócar, sin atribuirle mayor importancia a todos estos actos de indagación de la verdad que queremos proclamar, afirma sin mayor examen. “Se trata de una versión española…” Y todo lo que sigue. El procedimiento no es serio y ojalá no hiciera escuela.
Porque la semejanza que Torres Rioseco ha descubierto entre la “Nevicata”, de Ada Negri y “Tarde en el hospital”, de nuestro Pezoa Véliz, si es un hecho que hace cavilar y conduce a formular las más extrañas hipótesis, no puede, en cambio, darnos la certidumbre de una traducción, imitación o plagio en que quieren hacernos creer primero el profesor de California y, ahora, en forma ya definitiva, el autor de nuestra antología.
Hay en tales juicios un exceso de precipitación que no está bien para una obra destinada a la juventud, que puede guiarse por ejemplos de esa clase, fatales para la realización de un trabajo intelectual que aspire a perdurar más allá del momento transitorio de su ejecución.
Y en el caso de Pezoa Véliz, no están lejanos los puntos de referencia para agotar la investigación en forma que pudiera considerarse definitiva. Vivos están los que fueron sus amigos mejores. Por ellos, podemos saber, cuáles eran sus posturas, sus predilecciones, sus fuentes de información. Entre nosotros está Ernesto Montenegro, amigo del poeta que dirigió la más cariñosa y cuidada edición de sus poemas. En nuestras bibliotecas están los periódicos y revistas de la época. ¿Era, a la sazón, Ada Negri, una personalidad literaria lo suficientemente conocida entre nosotros? Creo yo que, si su nombre era familiar a la élite literaria de entonces, tanto entonces como ahora su obra ha gozado de una muy limitada difusión entre nosotros por la ausencia de buenas traducciones. Pezoa Véliz, demás está decirlo, no leía en italiano, y a mí se me hace difícil pensar que los versos de Ada Negri hubieran llegado por algún conducto a su conocimiento. En todo caso, la investigación no solo no está agotada, sino que ni siquiera ha sido iniciada. Sin embargo, ya se afirma en una antología, como un dogma de fe, la certidumbre del plagio.
“Otro deseo no me ha movido”, asegura el autor, “que el de destruir los juicios rutinarios, tan adheridos a la enseñanza, que giran en torno de nuestras cuestiones literarias”. Admirable propósito. Pero, no se elige el mejor camino para combatir los juicios rutinarios cuando, con tal pretexto, se inauguran nuevas rutinas cuyo fundamento ni siquiera se insinúa.
Hubiéramos querido avanzar más en este examen de la antología de Rubén Azócar. Después de todo, no es posible consagrar a un solo libro la atención que reclaman otros volúmenes que están frente a nosotros en una silenciosa actitud de espera. Pero, como en el viejo proverbio germánico, los árboles no nos dejan ver el bosque, y los juicios arbitrarios y afirmaciones gratuitas que pone Azócar debajo de los nombres de sus poetas nos apartan de su libro, que quisiéramos distinguir y seguir con nítida y precisa claridad.