Camino de las horas. Por Pedro Prado

Como una despedida del año 1934, la Editorial Nascimento al finalizar diciembre pasado, entregó a la circulación este hermoso libro de Pedro Prado. El autor de “Un juez rural” y de tantas otras obras que le han conquistado un puesto de honor en las letras chilenas y americanas, después de un silencio de años, entrega a la meditación y a la admiración de sus lectores una renovada cosecha de belleza.

Entre todas sus obras, esta consta de sesenta y dos sonetos que componen “Camino de las horas”, señala una modalidad hasta cierto punto nueva, aunque la forma elegida para el desarrollo del verso sea la del soneto clásico.

[…]

Han pasado más de veinte años y “Camino de las horas” es a nuestro juicio la revelación de un poeta completo en su plena madurez. La forma elegida para desarrollar toda la obra, el soneto clásico, puede acaso parecer monótona. Debe, sin embargo, reconocerse que en la poesía […] de todos los tiempos y de todos los países los catorce versos del soneto clásico son en todos los idiomas, los más preciados cofres de belleza. […] el soneto representa para el poeta una de las mayores dificultades encerrar en el breve espacio de catorce versos el contenido total de un poema, guardando la perfección de la forma clásica.

Los sonetos de “Camino de las horas”, han sido calificados por su autor como “sonetos libres”. No nos explicamos la razón de esta libertad. Todos los sonetos guardan el ritmo del endecasílabo y todos están escritos con rima consonante. Es cierto que la rima entre los distintos versos del soneto varía de un soneto a otro, y tal vez por esta circunstancia, el autor los ha calificado como “sonetos libres”. Hay poemas de catorce versos en que los versos van rimados por parejas de endecasílabos seguidos, forma que se ha usado muy poco y que por lo mismo aparece con rimas prefijadas en los textos de retórica hasta nuestros días, el pequeño poema se ha prestado a toda clase de combinaciones. Se han hecho sonetices en octosílabos y en gran abundancia, […], se han inventado sonetos “libres”, “blancos” o como quiera llamárseles, es decir, sin rima alguna.

Creemos que mientras se conserven los catorce endecasílabos formando un todo completo y armónico, el soneto, sean las que sean las combinaciones de rima entre sus versos, será el mismo soneto de siempre inspirado en la mejor tradición clásica.

El fondo de los poemas de este último libro de Prado nos muestra al poeta que ya ha caminado buen trecho del camino de la vida entregado a una constante y no siempre clara meditación interior. En doce horas distintas ha dividido Prado su camino y estas horas son de un contenido muy desigual… algunas; es preciso confesarlo, un poco vacías. Ahondando en el curso de su existencia plácida y armoniosa; meditando sus horas solitarias y entregado por completo a una faena de auto-inspección constante, el poeta deja constancia en sonetos distintos de sus diversos estados de ánimo, de sus recuerdos más hermosos de algunos paisajes que lo encantan, de algunas inquietudes que lo atormentan y de algunas emociones hondamente sentidas y plena y hermosamente expresadas.

Creemos que precisamente cuando el poeta se abandona en aras de sus mejores emociones, las que despierta en él la existencia tranquila en medio de los suyos, o en ocasiones cuando trata de describir algunos paisajes sometiendo al encierro del endecasílabo toda la impresión anímica que puede dejarle en su espíritu el espectáculo de la Naturaleza, consigue sus mejores aciertos. No así cuando impulsado por cierto panteísmo que puede resumirse en una necesidad manifestada de fundirse con las cosas, escudriña la profundidad de su espíritu. Los sonetos de estas horas de meditación no son insignificantes ni poco poéticos. Al contrario, en muchos de ellos el autor obtiene expresiones de una rara hermosura y de clara exactitud, pero en general adolecen de oscuridad y retorcimiento y están construidos en una forma conceptista que recuerda los sonetos, no pocos enrevesados de los poetas españoles de fines del siglo XVII.

Pedro Prado tiene condiciones que rebosan un alma delicada y que lo señalan como uno de nuestros artistas más completos que su arte mayor está en la sencillez, sencillez de expresión y de impresión, sencillez en la emoción serena y en el verso claro que transparenta esta emoción. Cuando se abandona analizando sus impulsos y sus defectos, sus deseos y sus triunfos interiores, en una palabra, cuando hace examen de conciencia en verso, se expone a caer en un conceptismo vago, que nada agrega a su espléndida labor de poeta.

El libro que analizamos, a pesar de las observaciones hechas, es un alivio, un refresco en la producción poética de la hora de la época y de la literatura chilena y, en general, de habla española. Cuando los poetas se dedican a hacer piruetas de aviación en sus estrofas y a aceitar máquinas en sus composiciones, produce una sensación de agrado infinito encontrar quien en sonetos muy hermosos sepa cantar emociones eternas, muy hermosas también.

Todos los sonetos de “Camino de las horas” darían materia para un análisis y un estudio. No es esta la ocasión para hacerlo, ni disponemos de espacio para ello, pero hay dos que creemos señalan en el poeta la plenitud de su arte y que quedarán, sin duda, como de los sonetos más hermosos de nuestra literatura. Son ellos el soneto número 10 en el libro y el último que cierra la hora duodécima del camino poético del autor.

El primero de los citados es un sencillo canto a su esposa y dice:

“Eres toda la escala y melodía,

el enlace de vidas musicales;

eres hija y amiga, hermana mía

y esposa con dulzuras maternales.


Todo el gran prisma del amor resumes,

mujeres y mujeres tu escondías;

de cánticos, matices y perfumes

siempre llenas mis noches y mis días.


Te amo porque eres dulce y eres grave;

por ese tu trabajo en alegría;

y porque, como aquel que todo sabe,

sin preguntar tu corazón sufría.

Trinidad sin posible semejanza

en mi ayer, mi presente y mi esperanza!”

El último bronce de oro con que se cierra el libro, es como un repaso de toda la obra y de toda la jornada caminada por el poeta. Así canta:

“Pasan los años de mi vida incierta,

con el rodar sin lógica del sueño;

tanta verdad de un día ahora muerta

de un gran misterio oculto, ahora dueño.


Lo que creí saber, como sonrío,

donde la burla estaba, está el asombro;

ya no pregono todo lo que es mío

y oculto mi tesoro y no lo nombro.


Cuando tú en mi esperabas, yo no era;

ahora que me niegas, yo comienzo;

rasgué ya el velo de la vida entera;

tú no sabes quien soy y lo que pienso.

Si digo como ayer las mismas voces,

tú crees conocer y no conoces”.

Quien sabe si los lectores deberán conformarse con esta misteriosa evasión de Prado, en los últimos versos de su libro. Quien sabe, si al oírlo cantar ahora y al saborear sus estrofas henchidas de belleza, crean conocer y no conozcan. En todo caso, todos los espíritus que deseen embellecer un poco la jornada de las horas diarias han de agradecer al poeta que  ha sabido jalonar su camino en forma tan hermosa.