
Por derecho propio entra a esta clausura de los libros, la genial mujer que en uno de los suyos fue expresión del espíritu de las mujeres de nuestra lengua.
Con la Desbordes-Valmore nos dijo en poesía, pero con más fuera, cómo había sido mal amada.
Con el cansancio que le tira hacia abajo los ángulos de la boca amarga, nos dice tenazmente, sin decir, lo que ya dijo Eleonora: “Cenere… cenere… cenere… davanti agli occhi, sur le labbra, nel cavo delle mani”. “Cenizas… cenizas… cenizas… ante los ojos, sobre los labios, en el hueco de las manos”.
Con el clamor por el hijo inexistente pero rebulléndose en la entraña, nos ha vuelto a duplicar el alarido de la Emperatriz fascinadora, errante y fantasmal: “Cuando no se puede ser feliz al modo que quisiéramos, no nos queda otro recurso que amar nuestro propio dolor”.
Dolor de la Mistral, que es dolor de dos razas. Y no solo literatura. Porque como gran poeta (es decir, criatura-síntesis), como gran poeta de doble torrente de sangre, está anegada por la tremante pleamar, de una fatalidad también doble; tristeza milenaria del indio específicamente triste, y dramatismo eterno de una enorme raza suicida, eternamente enamorada de la muerte.
Dolor de la Mistral, que ayer se llamó, en literatura,, “Desolación”, y que hoy va a llamarse ruina, destrucción, calcinación, “Talca”.
Ello es que cuando se es grande artista de un arte irradiación, emanación, sustancia, y no elaboración, oficio, artesanía, es el arte de creación de un mundo a imagen y semejanza de nuestra alma.
Nos vuelve patinada de soles. Y con pensamiento fluyente más que de un viejo modo de pensar, de un nuevo modo de padecer. Nos vuelve, hablándonos de “arriesgar el alma”. Con lo que el pensamiento de la Mistral se constituye en trasunto de su propia existencia.
Verbo a ratos hermético, a trechos cabalístico, insumiso al conjuro de la música; zumo de una de las más violentas y fuertes almas que con categoría de cordilleras -¡misteriosa afinidad de nuestra naturaleza con la de nuestra tierra!-, bullen y crepitan por dentro, emanando, sin embargo, el reposo que da lo permanente.
¿Quién dijo lo que todos decimos: que se es un genio, y se tiene talento?
Verso de la Mistral, incrustado en la zona del ser –categoría filosófica- que puede enriquecerse a medida de las dádivas que otorgue, y no inserto en la zona de tener, que disminuye repartiéndose.
Verso de la Mistral, que se explica por sí mismo más que por todas las explicaciones. Tumulto estético de un rebaño de deseos a veces sin rabadán. Pasión lúcida y abstracción apasionada. Egocentrismo magnífico que no universaliza el dolor suyo, sino que centra y sintetiza en el propio dolor el dolor del universo… Luz de agorería, y trepidación sorda; como esos relámpagos y tableteos que en nuestras noches serenas alumbran y hacen como la segunda voz de la faz de un cielo impasible y cotidiano.
Verso de la Mistral, exégesis cristológica. Porque ha sido fuente de sedientos, pero no abrevados, de eternidad; porque ha sido surtidor refrigerante de tanto peregrino que “busca gimiendo”, oscuramente, pascalianamente, el camino de esa tierra prometida donde espera un Cristo que ofreció el cielo por un vaso de agua…
Más o menos, todos en este mundo somos buscadores de fuentes. Pero los grandes poetas son los únicos que las oyen cantar. Porque las llevan pecho adentro.
Esta es su ventaja, querida Gabriela, sobre todas sus amigas a quien usted vuelve a encontrar con unas cuantas canas más sobre las sienes, y con muchas penas más dentro del corazón. Esta es su ventaja, querida Gabriela. Pero este es también su drama. Porque se gran poeta, ser genial poeta, no es un privilegio momentáneo, sino una responsabilidad eterna.
En horas, entrará usted a nuestra ciudad.
Sea usted bienvenida.
La dejamos bajo el signo de la Virgen blanca a quien usted cantó, y que con su luz enlunada aún sigue creando una comunicación entre lo infinito y las fiebres de nuestra ciudad dormida.