Camino en el Alba. Poemas de Óscar Castro

Las futuras antologías de poesía chilena recogerán sus páginas el nombre de Óscar Castro, poeta que se revela en este libro como un temperamento escogido y un verdadero intérprete de la poesía. Dirán que Óscar Castro no se ha dejado influenciar por sus contemporáneos y que es él un poeta que sabe acordar lo clásico y lo moderno, sin destruir el ritmo y ahondando en cada verso la emoción.

Se dirá que “Camino en el alba” es un libro en savia poética, cuyas páginas sencillas nos ponen en contacto con la belleza de la tierra y los humildes caminos del espíritu.

Augusto D’Halmar apadrina al joven poeta. En el prólogo nos relata su primer encuentro con Óscar Castro, allá por el año 1936, en una velada fúnebre, en un homenaje a García Lorca. Hubiésemos deseado palabras que hablasen más de Castro y menos de D’Halmar.

Con un interés y una emoción crecientes, hemos ido en silencio por ese “Camino en el alba”, fragante de flores, iluminado por una luna de agua, con encrucijadas de sombra y sangre; “Camino en el alba”, por el que nos conduce el poeta con mano fraternal y nos va contando pausadamente de las cosas que le rodean.

Óscar Castro posee el sentido de lo poético y sabe ofrecer las cosas más vulgares en forma novedosa y emotiva. La primera parte del libro titúlase “Música del camino”; reúne en seguida algunos romances y poemas con el sugestivo título de “Posada de las evocaciones”; en la tercera parte coloca los poemas de la tierra, y en la última tres romances españoles que están en la “Encrucijada con sangre”.

En “Romance del vendedor de canciones”, sin imitar a García Lorca  ni a Capdevila, ni a Luis Cané, escribe estos versos puros:

“El estero es, en la noche,

un trozo de cielo que anda.

Arriba, el cielo fulgente,

es un estero que calla.

Los cascos de los borricos

trizan el cielo y el agua.

El hombre que va cantando

tiene la copla mojada”.

El poeta es el arriero que llega al pueblo con su venta primorosa de canciones:

“¡Canciones maduras traigo,

canciones recién cortadas!

Y quedará por las calles

como un olor de manzanas.”

Su imaginación ha encontrado los más novedosos giros junto a la tristeza de la ausencia en su “Despedida a orillas de los mástiles”:

“¡Oh, capitán de todos los navíos perdidos,

ponte tu traje de tormentas,

tus condecoraciones de amores naufragados,

coge el timón que cambia el rumbo de las estrellas!”

Óscar Castro ha detenido su mirada con deleite de artista en el vuelo de la abeja que le sugiere versos llenos de alegría veraniega, de luz y de llama. En pocos versos ha aprisionado todo el sentido poético de “la abeja en el sol”:

“En el patio con sol

va zumbando la abeja, corazón del verano.

Frutas, aguas, espigas, a su vuelo se prenden.

Trae cantando en ella la colina y el campo.”

Este poeta nos muestra desde su primer libro cierta madurez lírica y un cierto sentido que da seguridad, consistencia y emoción al canto que fluye con naturalidad. Los poemas muestras riqueza de lenguaje y purificación en las imágenes, que por no ser claras dejan de ser nuevas y modernas. El espíritu del autor ha penetrado en recintos inexplorados; ha descubierto el metal precioso y nos lo ofrece con generosidad. Hay en este escrito mucho de poeta campesino, él se detiene ante las hermosas perspectivas del paisaje de su tierra y aspira las fragancias de los jardines de María Rosario, para tejer con nostalgia los tiempos del corazón.

“Limpia alegría en la casa campesina,

entre el alba de los almendros encendidos

ventanas claras con el cielo por cristal

y adentro, un ritmo de corazones tranquilos”.

Nos cuenta que en esa vida estaba la felicidad en el agua del pozo, en la alegría de los niños y que “la cordillera, detrás de los pinos – se adormía en un blanco de alas de ángeles – y en un azul de lirios”. El amor le viene en “la infancia cancionera de María Rosario”, quien “tenía voz de pájaro y aroma de eucaliptos”. Cómo seguimos con el poeta por “El camino de las Vegas” y nos asomamos a “los ojos tan hondos de María Rosario”. “La flauta del recuerdo”, que toca el poeta, es la misma que llevamos en la bruma del tiempo junto al dolor y al gozo.

Junto a la tierra dura, pero de corazón maternal, ha mirado a la “Alfarera”. De ella nos cuenta:

“Las manos de esta vieja que amasa la greda,

aprendieron sus nudos a los sarmientos

y su color a las avellanas secas.

Ahí está, edificando cántaros,

junto al arroyo pulidor de guijarros,

entre la soledad violeta y la cordillera.”

En la última parte del libro nos encontramos en una “Encrucijada con sangre”. Óscar Castro reza su responso a García Lorca, nos habla en un romance de “España eterna”, y en otro, no menos hermoso que los anteriores, clama su “Elegía por los niños muertos”, “Responso a García Lorca”, es romance logrado, cuyos versos tienen acero, luna y guitarra. El poeta escribe del célebre granadino:

“Llevaba el día en el cinto

como un alfanje de plata,

y el arzón de la silla,

una guitarra gitana.

Romances de luces nuevas

se abrían en su garganta.

Los ayes del cante jondo

lo lamían como llamas.

Cuando soltaba su copla

cantaba toda la España”.

“Camino en el alba” nos regala flores, fragancias de tierra, tiene él requiebros amorosos para María Rosario y es el mismo vaso que fabricaron las manos sarmentosas de la “alfarera”.