Segador de Rocío, poemas de Caupolicán Montaldo

Desde el título del libro se nos presenta Caupolicán Montaldo como un poeta delicado, fino, emotivo. “Segador de Rocío” es, de antemano, un acierto. Se abre a los ojos del lector un paisaje de amanecida, tembloroso en su misma frescura, radiante.

Hemos hecho nuestro camino con el poeta que nos cuenta en el primer poema:

“En la admirable locura

del segador de rocío,

la noche y el alba alientan

maravillosos designios.

La noche vuelva su vaso

de silencio en los caminos,

burbujas de mil estrellas

rompen el cielo de vidrio,

mientras en la gracia intensa

de los árboles altivos

y en el desmayado gesto

del pasto liviano y tímido,

va surgiendo la cuajada

milagrosa del rocío.”

Con acierto Caupolicán Montaldo maneja el romance y no se deja ilusionar por modas transitorias en cuanto a verificación. Serenamente ha ido plasmando la maravilla de su verso que tiene arcilla, lirios, rocío, estrellas. Todos estos elementos nos salen al encuentro en las páginas de este libro puro.

Es natural que algunos poemas no presenten la misma calidad literaria de otros hermanos; hay caídas, pero son pequeñas. Quizás el mayor defecto del libro sea el no ser conciso. El poeta se ha dejado conducir por su facilidad para versificar y su rica fantasía, de tal modo que no ha tenido un control capas de evitar repeticiones, de vigorizar ideas, de pulir imágenes.

En “Segador de Rocío” se insinúa el poeta delicado que habla sinceramente, que traduce sus pensamientos en versos plenos de un sentido espiritual y humano.

Jamás pierde de vista su amor por la tierra, por las cosas más pequeñas. El color, la luz del campo chileno, se asoman en estos versos de “Carta del Sur”:

“Yo que tenía mi canción alzándose

como un rústico cántaro que espera,

ahora soy el que goza en los dolores

de los surcos, y el agua y el silencio

que es orgía de luz para el espíritu.

Ahora soy el que busca los designios

transparentes del ulmo y de la abeja,

el cuenco melodioso, de las flores

y la emoción eterna de la espiga.”

Adivinamos ese íntimo deseo de Montaldo en todos sus poemas. Es él “el segador de rocío” que va por el campo auscultando el canto de los pájaros, el crecer de las yerbas, la diafanidad de la luz. No debe buscarse en estos poemas el verso pulimentado, perfecto, no. vibra aquí ante todo un temperamento que es a veces infantil para contarnos:

“Hoy he perdido un caballo de plata

donde se abrieran los lirios de oro.

Entre los pasos serenos del agua

su huella acaso es motivo de gozo.”

Caupolicán Montaldo ha dejado en estos poemas una malla de idealismo que nos satura; su palabra ennoblece todo pensamiento y nos relata su emoción íntima sin retorcimientos, con espontaneidad, siempre animado por deseo de ser claro, sin traicionarse nunca. Ha comprendido que su misión de poeta es ésa y parece no importarle lo que piensen de él los demás.

Uno de los poemas más hermosos de “Segador de Rocío” es, ciertamente, el titulado “El Gigante, el Pájaro y la Estrella”. En ese poema hay un derroche de imaginación, de novedosas imágenes llenas de colorido; agilidad en la expresión y una frescura muy a tono con el título del libro. Dice Montaldo

“El gigante traía sobre sus hombros

un pájaro blanco y una estrella de oro.

El río, mensajero de cielos y de noches,

le tendía sus brazos mentirosos,

música verde, vino de distancias,

certero espacio de maduros tópicos,

fiesta de espadas y de vasos

entre una geometría de abandono”.

Nos cuenta que el gigante venía de muy lejos y que traía sobre sus hombros “un pájaro blanco y una estrella de oro”. El río envolvió en sus aguas el cuerpo del gigante, y después:

“Un pájaro aletea junto al río,

eterno buscador, canto sin odios,

ronda de trinos para que despierte

el dueño fuerte que lo alzó en sus hombros.

Y en las tardes rotundas del verano,

y en los minutos agrios del otoño,

entre la cabellera de las aguas,

hurgando el rojo légamo del fondo,

rosa febril, desorientada brújula,

diamante melancólico,

rueda de luz inquieta

de una estrella de oro.”

Y así Caupolicán Montaldo nos habla de su visión de las cosas de la tierra, nos ofrece la imaginería de su verso y pone una nota de intimidad en cada palabra.