Versos de Javier Vergara Huneeus

“Viento en las jarcias” es el título de un libro en que el poeta Javier Vergara Huneeus, presenta al público sus primeros versos.

Dice:

“La puerta exhaló en los goznes

una reprimida queja

y traspasó los umbrales

de la morada desierta”.

Es un lenguaje sencillo y elocuente; despojado de la pomposidad literaria, se da al lector en un sorbo de aguas claras. Palpita en él la soledad inmensa; esa soledad que se reviste de una amargura infinita; de un dolor secreto que emana de una herida palpable. Es la perdurable queja de quien busca en vano tras los umbrales de la morada desierta el lenitivo para su dolor y encuentra en las paredes, en los objetos, latente el recuerdo de las horas vividas.

Al descollar el alba enredó entre sus manos los botones del tiempo y se quedó prendado del capullo que permanece inmóvil en el ánfora negra de su destino y prorrumpe su palabra cuajada de dolor:

“Estaré desgranando los collares

de mis rudas palabras,

que hacia los horizontes

se retuercen y claman”.

Su gesto es emotivo y al despojarse de la envoltura carnal clama al infinito y el verbo se torna sonoro, vibrante, varonil.

“Peregrina de las pupilas limpias como el alba;

desde el fondo del tiempo y del espacio

traen polvo de estrella tus sandalias”.

Y al desgajar una nueva página de su libro, nos encontraos con esta plegaria:

“Mira, también, Señor,

que, para abrevar mi sed,

como a Ti, me dieron hiel

y vinagre en el amor.”

Oh, eterna inspiración de la organización humana, cómo fluyes en él, para hacerlo florecer en un manojo de versos que estremecen al cordaje humano.

Tiembla la hoja en el árbol de la vida, azotada por el recio vendaval, que no tiene explicación alguna.

En los versos de amor, llora su alma en estremecimiento universal, como si la angustia brotara desde las raíces del ser:

“Amo mío, el sarmiento de mi vida

trocabas en rosal,

y el trigo de mis ávidas espigas

convertías en pan.”

De ese rosal de que nos habla el poeta, surgieron sus espinas que las lleva hasta en los huesos.

En horas de regocijo vierte a raudal su ternura ovillando entre sus brazos los hijos de su amor.

“Érase una vez un hada

de los dorados cabellos

-como los tuyos, hijita-

que amaba a los niños buenos.


Como siempre interrumpida

quedó al historia en comienzo.

No importa, la enhebrarán

mejor mis hijos durmiendo”.

Quiere adormecer a sus hijos, distante de la realidad, y tras las rejas de su vida, está su alero tendido entre las sombras y el tedio donde florece el dolor en versos libres de cadenas literarias.

El dolor ha dado un nuevo poeta a Chile.